No recuerdo la última ocasión en la que el descubrir a un autor me emocionara tanto. Lo encontré de la mejor manera, de la más natural, sin querer. Entré en una librería local y leí sobre la cubierta de un libro Agua, Perro, Caballo, Cabeza de Gonçalo M. Tavares. Supe de inmediato que al menos tenía que hojearlo. Abrí, sin que la señorita se percatara, la envoltura del libro. Acerqué mi nariz y dejé que el olfato me llevara por el aura que desprendía el papel virginal «El tiempo no tiene cortes, decía el personaje de un novelista. Los trazos que marcan ciertas fronteras en el reloj son artificiales. Sin embargo, la carne tiene cortes, al contrario del tiempo: la guillotina separa la cabeza del resto, la amputación de una pierna separa el resto del cuerpo de la pierna. Homogéneo en masa, volumen y movimiento es el tiempo; puedes cortarlo en rebanadas: tu aniversario, los diez años de matrimonio; pero son tus propias rebanadas, es una ilusión».

Ironía y talento, eso fue lo que sentí. Compré el libro. Al día siguiente, naturalmente, regresé para pedir todo lo que tenían sobre el autor,  había caído en su juego: la locura, su locura, se apoderó de mí con sus textos.

Gonçalo M. Tavares nació en Luanda en 1970, actualmente da clases de Teoría de la Ciencia en Lisboa, y vive encerrado en su búnker sin teléfono celular y sin Internet.

Tavares es un escritor diferente, volátil, rápido y extremo. El común denominador en sus escritos es que las palabras parecen no hacerle caso al tiempo, flotan, no tienen más sostén que su ágil pensamiento. Al leer sus párrafos parece que puedes correr sin fatiga, que no te falta aire, pero al mismo tiempo, al no tener un marco exacto más allá que la propia lógica del autor, sientes persecusión, límite llevado al extremo. En pocas palabras, lo etéreo y lo sólido juegan como en un baile en el que no eres expectador sino víctima.

“Intento respetar al lector. Los humanos somos seres mortales y los escritores solemos olvidarnos de ello. Si puedo decir algo en menos palabras intento decirlo en menos que en más.” Como si de un ritual se tratase la rapidez lo es casi todo en los escritos de Tavares, el lector inevitablemente cae en dos trampas al encontrarse con él, dos trampas que se disfrutan, como una tortura que da placer: disfrutar su sencillez o saborear sus pensamientos, que en primera instancia parecen ser un sinsentido pero que a contraluz esconden secretos y verdades filosóficas que solo los hombres tan desesperados como para dejar atrás su humanidad pueden comprender. Es ahí donde radica otra clave para entender su mundo, ese  gesto tan obsceno y exitante que es su escritura, tratar a los objetos como personas, y las personas como objetos. No es el único, claro, que utiliza este recurso pero Tavares lo logra tan bien que al leerlo puede hacer que dudes incluso de tu propia mano. Esta desfamiliarización es un recurso bien aprovechado que logra provocar alarma en sus lectores por la forma en como estamos acostumbrados a ver al humano, distinto a las cosas.

Parte de la crítica literaria comenta que Gonçalo M. Tavares logra evocar el fantasma de Kafka, el expresionismo del cine alemán, y las pinturas del maestro Anselm Kiefer. José Saramago en alguna ocasión dijo sobre Tavares, que éste, «No tiene derecho a escribir tan bien a los treinta y cinco años, dan ganas de darle un puñetazo».  A mí solo me queda decir que fue un placer descubrirlo, y no podía quedarme con esta locura, tiene que ser colectiva. Hay que leer a Tavares.

Fotografías de Daniel Eudave Santos