Hace algunos años visité Río Congo: artes del África Central, exposición compuesta por piezas del Musée du quai Branly, y exhibida temporalmente en el Museo Nacional de Antropología (diciembre de 2015 a abril de 2016). Me hacía mucha ilusión conocer una parte de África a través de objetos que provenían directamente de ese continente. La exposición valió la pena porque me permitió dar con ella. Esta es la historia de la máscara-espíritu que conocí ese día.

Antes, mucho antes de esta vitrina, viví en un lugar muy diferente… Incontables estaciones las pasé entre árboles enormes y ríos de agua clara. Allá los días transcurrían húmedos y calurosos, las noches frías y llenas de ruido. El viento y la lluvia eran gentiles, llegaban cuando los animales y las plantas los necesitaban más. Yo era un ekuk, un espíritu de la naturaleza encargado de proteger la vida y procurar su desarrollo, ¿acaso lo sigo siendo?

Gracias al conocimiento acumulado después de muchas generaciones los pueblos de la selva aprendieron a invocar mi ayuda y la del resto de ekuks, se comunicaban con nosotros a través de máscaras que imitaban las formas del mundo espiritual: un mundo siempre en movimiento, siempre pasando de una forma a otra, de un color a otro. Los ngwyes crearon esta forma material que ves a partir de la madera selvática y de los minerales de la tierra. Le dieron distintas profundidades y colores, plasmando la lucha y equilibrio de las fuerzas naturales; la moldearon con la forma del antílope, animal pacífico y silencioso que ha habitado la selva desde siempre. Así me pude comunicar con ellos y protegerles por mucho tiempo de las energías negativas de la naturaleza. Del diálogo entre humanos y espíritus nacieron rituales que recrearon el orden natural de la selva: la lucha entre la armonía y el caos.

Un día comenzaron a llegar en gran número forasteros provenientes de las costas del occidente. Venían escapando, un gran miedo les llenaba el corazón. Hablaban del poder que sus enemigos, los fang, habían adquirido luego de aliarse con gente de piel blanca cuyo hogar yacía más lejos de lo que la imaginación alcanzaba. Con armas que disparaban fuego y trueno esta nueva alianza entre pieles blancas y pieles negras capturó mucha gente. Los prisioneros eran llevados más allá del mar y nunca más se supo de ellos, ninguno regresó jamás. Los ngwyes y yo les vimos indefensos, les acogimos en nuestras aldeas y les enseñamos a vivir en esta región.

Al poco tiempo estos recién llegados, que se llamaban a sí mismos kwele aprendieron a respetar a los espíritus y a adaptarse a la vida de aquí, algo en ellos me movió profundamente. Decidí que los kwele se convertirían en adelante en mi gente y yo me volvería una de sus protectoras. En mi forma de máscara permanecí con ellos mucho tiempo, pasaba la mayor parte del año lejos de la aldea, ellos y yo sabíamos que la convivencia demasiado cercana entre humanos y espíritus solo podía traería un desequilibrio del orden natural. Sólo me aparecía en tiempos de gran peligro. Salía de mi guarida y, en una gran fiesta que duraba varios días, bailaba acompañada de mis hermanas. Todo era parte de un ritual para alejar las fuerzas que acechaban la vida, las fuerzas destructoras que también son parte de la naturaleza y que también bailaban con nosotras a través de máscaras gon. Al final la aldea quedaba cargada de nuestra energía protectora. La vida era buena.

Todo terminó en un día que nadie pudo prever, la gente de piel blanca apareció en la selva, primero unos pocos, luego varios cientos. Ni miles de rituales pudieron impedir que se asentaran cerca de nosotros. Irrumpieron en nuestras vidas. La convivencia se volvió tensa, sabíamos de ellos, pero ellos al parecer sabían poco de nosotros. Algunos mostraban interés en nuestras costumbres y en la vida de la selva, anotaban en sus papeles y hacían dibujos. Otros solo se interesaban por los recursos del bosque y por nuestro conocimiento sobre su ubicación y utilización. Cuando deseaban algo ofrecían maravillas extrañas para obtenerlo, si eso no era suficiente nos amenazaban con sus armas. Al final, así fue tomada mi forma de máscara y yo fui apartada de la aldea y de la gente que amé tanto, de la selva que era todo lo que había conocido.

Viajé con ellos por muchos días, atravesamos tierras con pastos altos y árboles enanos, parajes llenos de arena donde el sol era todo lo que se podía sentir. Cruzamos ríos y después, el vasto mar, hasta llegar a su tierra de origen. Ahí los árboles no abundaban, su río no corría porque había sido aprisionado, el cielo se veía poco porque una niebla negra lo cubría y el aire no se sentía fresco. Su aldea no estaba rodeada por la naturaleza, más bien parecía que se la había tragado. Las personas vivían de manera muy diferente, vestían mucha ropa, no les vi nunca hablar con los espíritus, parecía que no existían en este lugar o que habían sido desterrados hacía mucho tiempo.

Pasé de mano en mano hasta que fui a dar a un lugar oscuro, me amontonaron con todo tipo de objetos provenientes de lugares de los que nunca había escuchado nada. Al poco tiempo comenzaron a llegar más de estas gentes blancas, nos observaban muy de cerca, inspeccionándonos de arriba a abajo. Nos comparaban con algo a lo que llamaban arte, se lamentaban de que no pudiéramos alcanzar tal estatus porque nuestros “materiales” y “técnica” eran primitivos, igual que el nivel de civilización de nuestras gentes. Ninguno de nosotros entendió nunca de qué hablaban, ellos tampoco parecieron entender lo que realmente éramos. A sus ojos, nunca fuimos más que cosas exóticas, curiosidades de un mundo lejano e inferior. Nos convertimos en los trofeos de sus victorias.

Con el paso de las décadas entre estos blancos con aires de grandeza aparecieron unos jóvenes entusiastas que nos pintaron de formas creativas en sus cuadernos y en sus lienzos. Nos trataron con admiración, encontraron algo en nuestras formas, colores y relieves que sus antecesores no habían percibido. Ellos no tuvieron problema en darnos ese título de “arte” tan apreciado por su gente. Al parecer les inspiramos, les dimos nuevas vías para expresarse más allá de lo que sabían: “un regreso a lo básico”, les oímos decir. Tampoco les comprendimos del todo, aunque comenzamos a tenerles algo de cariño. Se convirtieron en personas importantes en su mundo.

Con el paso del tiempo los espacios en donde nos almacenaron comenzaron a crecer en tamaño y en número. Nos separaron, agruparon y colocaron dentro de estas vitrinas, cajas de vidrio que nos arrebataron la sensación del aire y del calor. Nos iluminaron y después nos sometieron a un frío artificial permanente para detener nuestro desgaste natural. Nos pusieron en salas junto a otras piezas provenientes, a su parecer, del mismo lugar, a mí me pusieron en la sala del continente africano, así llamaban a la tierra de la que provenía. Aún en estas salas había objetos de lugares de los que nunca supe nada cuando vivía en la selva. No me sentía identificado con esta África a la que me asociaban.

El mundo a nuestro alrededor cambió de manera acelerada y ese cambio afectó a los ojos con los que la gente blanca nos percibía. Muchos siguieron llamándonos exóticos, curiosos y primitivos, algunos incluso nos asociaron a aquellos enérgicos dibujantes, pero la novedad fue que, entre quienes venían a visitarnos surgió una charla distinta. Para algunos nos convertimos en símbolos de la opresión, del robo y el saqueo llevado a cabo por sus antepasados en nuestros respectivos lugares de origen. Eso nos hizo recordar las formas en que fuimos traídas aquí, recordar nuestros hogares. De golpe recordé la selva y mi gente, en mi imaginación comencé a idear una forma de volver, eran sueños coloridos y felices.

Los museos cambiaron de nuevo, ahora la sala de África se dividió en regiones, yo pasé a formar parte de la “colección” de África Central. Un día, sin aviso, fui metida a una caja, me empacaron envuelta en plástico. Esta vez el viaje fue diferente de aquel primero que hice de la selva hasta aquí. Me transportaron por aire en una máquina que no se parecía en nada a aquel barco en el que años atrás me trajeron a través del mar. Pasé muchos días en la oscuridad y cuando pude ver la luz nuevamente, me encontraba ya en un lugar distinto, en otro museo y en otra parte del mundo. Me colocaron en una nueva vitrina, de nuevo el clima controlado, pero esta vez los visitantes eran diferentes, su idioma y aspecto eran otros. Pasé unos meses en este nuevo museo y después de nuevo a la caja. De la caja a la vitrina de otro museo, de la vitrina a la caja. Llevo mucho tiempo haciendo esto, cada que despierto me encuentro en un lugar distinto entre gentes diferentes.

Aún no pierdo la ilusión de que la próxima vez que salga de la caja será la última, que despertaré y veré los rostros negros de mi gente, sentiré el calor y la humedad de los árboles y no el frío artificial de estos vidrios. Cómo me gustaría regresar a mi hogar, saber qué fue lo que pasó con él, con los kwele y con la selva. Después de generaciones las cosas cambian, eso es natural, tan solo me pregunto cuánto lo habrán hecho. He vivido demasiado tiempo en esta forma física, he visto más cosas de las que cualquier espíritu debería. Cómo añoro regresar, la madera y los pigmentos que componen esta máscara volverían a su desgaste natural, a ser consumidos por la tierra de la que surgieron y yo, finalmente sería libre para reunirme con mis hermanas ekuk. Quizá en mi hogar también el tiempo de los espíritus haya terminado, como pasó con esta gente blanca, de ser así, echaré una última mirada a mi tierra y me iré a lo profundo del bosque para nunca más volver.

Imágenes
 
1. Loïs Mailou Jones, Moon Masque, 1971, óleo y collage sobre lienzo, Smithsonian Museum of American Art.
 
2. Fotografía de algunas piezas de la exposición Río Congo, 2015, Museo Nacional de Antropología.
 
3. Máscara ekuk (atribuida a artífice kwele), principios del siglo XIX, Musée du quai Branly.
 
4. Grupo de hombres, mujeres y niños siendo llevados al mercado de esclavos, alrededor de 1800, litografía.
 
5. Henry Stanley en la aldea de Manyuema, África Central, litografía.
 
6. Fotografía de la sala etnográfica del Musée du Congo, Bélgica, 1898.
 
7. Pablo Picasso, Máscara africana, grabado en linoleo, 1954.
8. Malvin Gray Johnson, Negro masks, pintura en óleo,1932, Hampton University Museum.
 
9. Cartel de la exposición Fleuve Congo: Arts d’ Áfrique Centrale, Musée du quai Branly.