En la diversidad de aconteceres, este mes en #DiarioColectivo prima la nostalgia. Será el otoño, será el fin de año, el día de muertos, el recuento de los daños, como diría Gloria Trevi. Ante el frente frío nos resguardamos en la calidez del recuerdo.

«Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas/ Lo mismo que un árbol que en tiempos de otoño se queda sin hojas/ Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas/ esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón» dice la canción. Noviembre suena justo a eso: «uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida». Les invitamos a rememorar noviembre y a seguir escribiendo lo valioso que pasa desapercibido.

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Viernes 2 de noviembre del 2018

Cuando era chico me gustaba ver a mi abuelo poner la ofrenda. No escatimaba para nada en gastos, en una mesa ponía sus juguetes de latón para los muertitos y muchísima fruta, era algo bellísimo. Su seriedad me hacía creer que en verdad los muertos vendrían en la noche y yo me asustaba y alegraba mucho.

La ofrenda de este año es más modesta, no le falta fruta, tiene además una bolsa grande de chetos y un tequila. La foto de mi abuelo está en ella, su semblante serio y seguro destaca. Falta algo. ¡Claro! ¡Los juguetes de latón para los muertitos! Ahora sé que cuando venga va a sentirse orgulloso.

Transeúnte des-memoriado

Miércoles 7 de noviembre del 2018

Rituales de los vendedores de papel

«Uno, dos, tres», cuenta el niño y aspira todo el aire caliente del metro, luego lo lanza en forma de voz prefabricada: «señores usuarios les traigo a la venta una sopa de letraaaas…», se le termina el aliento y con sus nervios cuenta de nuevo: «uno, dos, tres nooovedad para el camino, más de 50 palabras, bonito detalle para el niño, para la niña…»

Alguien se anima y le da una moneda de diez pesos a cambio del libro, él sonríe y corre a la siguiente puerta. Para él sí fue un «bonito detalle».

El voceador carga un puñado de periódicos bajo su brazo, mira al cielo, levanta su mano derecha como si en ella llevara una pizca de sal que se esparce por su frente, pecho, brazo izquierdo y derecho…una, dos, tres veces se persigna en muda oración para bendecir su venta.  Quizá hoy alguien le compre sus diarios, siquiera para madurar aguacates.

Nayeli Reyes

 

Viernes 9 de noviembre del 2018

Se adelantó la Tía Lupe.

Ya se me hacía raro que nadie de la familia hubiera fallecido en estas fechas. No sé si las almas enfermas se achicopalan más al recordar a sus muertitos o si en verdad los primeros días de noviembre, los del otro lado, vienen a visitarnos y a llevarse a los que ya no quieren estar aquí.

Eso le pasó a la tía, ella ya no quiso ir a la clínica, ni saber nada del mar. La última vez que estuve con ella en su casa en Vallarta, fuimos a una de sus playas favoritas, y entre el cartón supremo de 40 cervezas Pacífico, celebramos la vida y las olas de Conchas chinas.

En ese viaje, me habló de su padre. Lo recordaba con tanto cariño y añoranza como a su difunto esposo, el tío Esteban, de quien tenía una gran foto colgada en la sala de su casa. Me contó que su papá era sueco, por lo que la tía Lupe sabía expresiones en ese idioma que repetía con mucha facilidad. Me sorprendió cuando esa noche sacó del refri lo que yo consideré un tesoro que la unía a él. Era una especie de mantequilla dentro de un envase parecido al de la pasta de dientes, me entusiasmé, quería probarlo.  Ella me contó que era uno de los alimentos suecos que acostumbraba comer su papá acompañado de pescado y galletas. Al final, supe que era un tesoro porque cuando me lo dio a probar a penas y presionó el envase para que saliera una gotita diminuta en mi dedo.

¡Vaya! ahora ya sé qué tendré que agregar a la ofrenda del próximo año…

Tía Lupe, ya no pude ir a despedirme, pero sé que donde quiera que estés, tu papá y el tío Esteban ya te están abrazando bien fuerte.

 

Mariquita L.

Domingo 11 de noviembre del 2018

Me gustan los domingos porque puedo usar tennis y no me peino. Hoy fui a la Feria del Libro a ver contar cuentos a Carolina. Me perdí entre stands de venta y niños por montones pero encontré el camino, 10 minutos después. Ahí estaba ella: su cabello alborotado, un poco canoso, y su voz profunda que guía el relato a donde ella quiere llevarte.

Al final de la función nos tomamos una paleta de hielo y charlamos. De la novela que está finalizando, de su etapa poética de contar, de las nuevas de la vida. Luego escuchamos una conferencia y caminamos un rato. “Carolina, qué gusto”, la saludaban por todos lados. Una rock star de la cuentería.

Han pasado 4 años desde aquella vez que me recibió en su departamentito, en Bogotá. Vuelve vívido el olor a café y el sabor de aquellas arepas con huevo, las primeras. Hoy comimos papas con salsa mientras, desde el fondo de su sabiduría,  me aconsejaba. En ese momento me sentí una verdadera aprendiz de la vida.

Vi el atardecer con una uñita de leche por luna y despedí a mi amiga en la camioneta que habría de llevarla al hotel. Me quedé un rato vagando por ahí, un poco perdida en el tiempo. Hacía rato que no escuchaba cuentos, qué bello regalo dominical volver a las andanzas de la mano (o debería decir, de la voz) de Caro.

Isabel

Viernes 16 de noviembre del 2018

Una ráfaga de recuerdos llenaron mis sueños. Eras tú pero a la vez no. Y entonces pensé que hasta en sueños me confundes.

 

Liz Solórzano

 

Martes 20 de noviembre del 2018

La única revolución que reconozco hasta ahora es la que mi cuerpo hace cuando me da gripa. Había  pasado invicta más de tres años consecutivos y bastó mirar a un niño de ocho años con los ojos llorositos para que mi cuerpo bajara la guardia. Pasé dos días en cama sin más ayuda que mis defensas. Temperatura de 38. Sin hambre o sin hambre aparente.

En esos días conocí a los habitantes del árbol frente a mi ventana, la temperatura cambiante de la habitación y de vez en cuando la dulzura de mis gatas que se acercaban a saludar, inquietas, contentas de encontrar con quien tomar la siesta.

Abrí los ojos cuando me encontré en  camino a una colina. En lo alto una iglesia pequeñita donde todos se agachaban para entrar. La ruta adornada con flores y papel de colores… podía tocarlos con la mano . De pronto todo era angosto o diminuto, los zapatos comenzaron a quedarme justos. Me los saqué y sin ningún problema entré por la puerta de la iglesia. Al sentarme sentí la frescura de la mano de mi madre en la frente.

Abrí los ojos, otra vez. La ventana con sus ramas, sus habitantes y mi gata ronroneando. Casi recuperando la salud en el silencio de la casa y la lentitud del tiempo. Vaya fin de semana.

 

Ardilla urbana

Domingo 25 de noviembre del 2018

Decidí que hay ciclos, yo no soy una persona de ciclos, nunca los respeto. Me quedo vagando en los recuerdos. Pero este día decidí y por fin tuve la madurez de cerrar una situación que este año me tuvo bastante agitada: la incertidumbre.

No digo que no vuelva a tener ese sentimiento, de hecho siempre existe; pero he pasado un año indefinido, tiempos caóticos pero llenos de nuevas emociones, de nuevas vivencias. Lo agradezco infinitamente, al universo y a quienes dejé entrar en mi vida.

Pero, y no es por sentirme vieja, llegué a un momento  en el que lo disfrutaba, sí, pero a la vez una sensación de vacío palpitaba; y no quiero para nada, dejar crecer en mi ese sentir.

Han sido cuatro días, desde hace año y medio, que no me sentía en plena libertad; libertad de no tener que sentir nada por nadie, libertad de sentirme triste, libertad porque tomé una decisión.

En un año, me gustaron tres personas y estuve a dos de enamorarme de una. Viajes, dolor, experiencias, plenitud y vida misma; gracias.

EDNA ÑAAM

Martes 27 de noviembre del 2018

Por fin lo escuché. Escuché ese disco que no escuchaba desde hace 2 años porque cuando salió, un par de meses después, me dijiste adiós en una tarde de otoño en mi lugar favorito de la universidad. No es que no pasara por ahí después de la ruptura, pero definitivamente estar ahí no me traía la misma sensación de abrigo, sino una profunda melancolía.

Sabes que la melancolía siempre va conmigo, camina a mi lado desde que tengo memoria y tengo miedo de perderla algún día porque me recuerda lo efímero de la vida misma. Y justamente una canción muy melancólica de ese disco tan nuestro no me recuerda a ti.

C. fue una gran casualidad en mi vida que indirectamente me llevó a acercarme mucho más a aquello que amo desde siempre sin darme cuenta: la ciudad. Ese fue nuestro gran vínculo, su asombro con mi ciudad y mi curiosidad por la suya. ¿Y la música? Un pretexto para conocernos más a fondo y su pasión en la vida.

 

El otoño es naranja