México lindo y querido

 

si muero lejos de ti

 

que digan que estoy dormido

 

y que me traigan aquí

 

«México lindo y querido», Chucho Monge

En septiembre no solo somos mexicanos, somos “muy mexicanos”. Pero ¿qué significa eso? Desde pequeños, en la escuela,  nos enseñaron a respetar los símbolos patrios: la bandera, el escudo y el himno nacional. Todos tenemos recuerdos de estar en el patio escolar, bien formaditos y uniformados para los honores a la bandera de los lunes. Había que saludar con el codo bien derechito a la bandera escoltada que pasaba marchando al paso marcado por el “Toque de bandera” de la banda de guerra. Entonábamos después el himno nacional bien fuerte, y en algunas ocasiones también el juramento a la bandera.  A esa edad, para nosotros la mexicanidad yacía ahí, en esa breve pero emocionalmente cargada ceremonia.

A la par íbamos aprendiendo el resto de elementos que conforman la mexicanidad: los bailes –ensayábamos el Jarabe Tapatío y La Bamba-, las vestimentas –nos vestían de charro o de china poblana-, las comidas típicas –nuestros papás o abuelos preparaban mole, tamales, sopes y pozole para las exposiciones gastronómicas-, la música -El Son de la Negra, el Huapango de Moncayo y demás piezas que aprendíamos a tocar con la flauta-, y las fiestas patrias –el día de la bandera, el 5 de mayo, el 20 de noviembre, y, por supuesto, el 16 de septiembre-. Además entrábamos en contacto, de manera didáctica, con el elemento clave de la mexicanidad: la historia de México. Nos disfrazaban de Benito Juárez y Miguel Hidalgo para declamar durante los honores a la bandera, montábamos obras de teatro con temática revolucionaria en festivales culturales, hacíamos investigaciones sobre los aztecas y Sor Juana Inés de la Cruz. Comprábamos monografías y biografías de todos los presidentes mexicanos y las pegábamos en nuestros cuadernos de historia.

Aprendimos el discurso de nuestros profesores y lo volvimos nuestro, lo repetimos con nuestros vecinos, amigos y colegas y ahora tratamos que nuestros hijos, sobrinos y nietos lo aprendan también. Un discurso que incluye el “encuentro entre dos mundos” –el español y el indígena-, el mestizaje, el valiente inicio a la vida independiente, la victoria liberal, el triunfo de la revolución social, la consolidación de un país moderno y su entrada como competidor fuerte al sistema de libre comercio y a la era globalizada. Un México del que hay que sentirse orgullosos.

Por supuesto, la escuela no es la única encargada de inculcarnos este tipo de mexicanidad. Nuestra familia, los medios de comunicación, las instituciones gubernamentales y la sociedad en general contribuyen también, y mucho. Pero, para aquellos que tuvimos la oportunidad de acceder a la educación básica, el discurso histórico escolar continúa pesando. Y llega un punto en el que uno se pregunta ¿y todo esto para qué? ¿Cuál es su razón de ser? Sobre todo cuando todo el mosaico de colores de la mexicanidad infantil y adolescente comienza a adquirir el tono gris de la adultez. Cuando la realidad poco a poco nos obliga a abrir los ojos, aunque no siempre estemos dispuestos a hacerlo.

La forma de mexicanidad que defendemos, y hasta celebramos, es menos flexible y más cerrada de lo que nos gusta admitir, cumple funciones de las que nunca nos dijeron nada. Amamos nuestra sangre indígena y española, nuestra sangre de bronce, pero en realidad solo enaltecemos a nuestros ancestros constructores de pirámides. Queremos que los indígenas que aún sobreviven se unan a la marcha del progreso y abandonen sus costumbres, queremos que se modernicen para que “tengan mejores oportunidades”. La relación con nuestra sangre española es de amor-odio.

¿Y los negros que fueron traídos a este territorio en la época colonial, y los migrantes chinos y árabes que llegaron en distintos períodos? Ellos simplemente fueron olvidados, y cuando intentan reclamar su mexicanidad nadie los toma muy en serio. Pero el asunto no acaba aquí.

¿Alguna vez nos preguntamos por qué la banda que tocaba en los actos cívicos tenía el apellido “de guerra”? ¿O por qué la letra del himno nacional es tan violenta? ¿O simple y sencillamente, por qué hay que respetar/alabar casi al nivel de deidades a los símbolos patrios? Por supuesto que todo esto tiene una razón de ser, esta tríada nacional surge en un contexto en el que no existía nada parecido a la unidad nacional. En aquel entonces -mediados del siglo XIX- el país ya había sido ocupado por fuerzas extranjeras y el peligro de una nueva invasión era latente.

No solo se necesitaban ciudadanos, sino verdaderos soldados dispuestos a dar la vida por su nación –Piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo un soldado en cada hijo te dio-. No es casualidad que solo cantemos unas pocas estrofas de la obra de Bocanegra, las menos violentas, y que éstas sean tocadas por una banda de tinte militar. En aquel México el desacuerdo y el separatismo eran más fuertes que la mexicanidad, ésta en realidad era una mera idealización en la que muy pocas personas creían. No será sino hasta la época del último Juárez y de Díaz que se pueda hablar de una mexicanidad fuerte, y eso solo en ciertos sectores: los estratos superiores que gustaban de imitar el patriotismo europeo.

¿Y qué hay del ballet folclórico mexicano, del mariachi y del Huapango de Moncayo, esas expresiones culturales que albergan la mexicanidad en su estado más «puro»? Es verdad que estas obras se nutren de tradiciones centenarias de diversas regiones mexicanas, sin embargo, al haber llevado una labor integradora exitosa, las tres fueron utilizadas para promover una nueva mexicanidad allá por los años 30’s y 40’s, en un país que de nuevo la necesitaba, pues México estaba dividido y desangrado por la guerra revolucionaria. Se trató de una mexicanidad sólida y moderna que recuperaba toda la historia y tradición mexicana y que, por supuesto, fue plasmada en los libros de texto de una joven Secretaría de Educación Pública. Además de ser difundida por el cine, ahora llamado de oro, la radio y la televisión. Una mexicanidad reforzada en ceremonias nacionales como la del grito de independencia y el desfile militar -que de hecho nacieron en el Porfiriato-.

Hay también otro tipo de mexicanidad cuyo origen se remonta a los 80’s y 90’s, específicamente a la adopción de modelos neoliberales de gobierno, en donde el orgullo mexicano se basa en los logros alcanzados por el país en la escena de la competencia mercantil internacional. Lo común aquí es sentirse orgulloso por cosas como que México es el mayor exportador de cerveza, o el quinto productor mundial de autopartes a nivel internacional. Claro que es necesario maquillar la dependencia tecnológica e intelectual que tenemos hacia el primer mundo. Las estadísticas son tan engañosas como las palabras porque pueden ser manipuladas y recortadas al antojo de quien las presenta, un ejemplo claro de ello son los informes presidenciales y los nuevos libros de la SEP.

¿Pero entonces, después de tantos golpes, qué significa ser mexicano? Tendrá que disculparme querido lector, puesto que reconozco que yo mismo no tengo la respuesta absoluta. Me atrevo, eso sí, a proponer que la mexicanidad yace en algo todavía más básico: en la comunidad que creamos quienes habitamos este vastísimo territorio. Una comunidad que comparte ancestros, costumbres, formas de pensar y de actuar, y, por supuesto, símbolos. Una comunidad que, también es necesario reconocer, ha sido construida sobre la segregación y marginalización de las minorías, sobre el olvido de episodios y versiones importantes de la historia -sobre la manipulación del discurso histórico- y sobre la romantización de sus expresiones culturales. Una comunidad a la que bien le haría desarrollar un pensamiento crítico con respecto de su propia esencia, reconocer que no hay una única forma de mexicanidad sino muchas y que varias de ellas han sido tratado de manera sumamente injusta. Una comunidad ya no solo cimentada en el pasado, sino en el presente y el futuro comunes.

La mexicanidad va más allá de nacer aquí y adoptar el discurso y la identidad comunes a todos, por el contrario, la mexicanidad debe ser la elección de continuar siendo llamado mexicano a pesar de todas las contradicciones, sinsentidos, traumas, idealizaciones, falsedades y olvidos que la mexicanidad tradicional ha traído consigo durante varias décadas, y hasta siglos. Con el deseo siempre de construir algo mejor en conjunto. Los héroes que nos dan patria somos nosotros mismos. Solo en este sentido me atrevo hoy a gritar ¡Viva México!

Imágenes

  1. Bandera, José Ángel Sánchez Reyes, mayo del 2016, Sonora, México. CC BY-SA 2.0.
  2. Por TresValles [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], from Wikimedia Commons
  3. Por Kgv88 [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], from Wikimedia Commons
  4. Por Sage Ross [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html), CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/) or CC BY-SA 2.5 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.5)], from Wikimedia Commons