Hubo una vez una nación…

…una nación gobernada por los más adecuados personajes. Eran gobernantes de gran categoría y renombre social. Eran sabios, justos y leales a su patria.

Pero la nación que los gobernantes gobernaban  inapropiada y pestilente; toda una vergüenza para sus gobernantes.

En la nación reinaba el delirio de persecución, dominaba el miedo.

Era una nación habitada por brutos que desconocían que estaban gobernados por los mejores gobernantes. Los habitantes eran zopencos avaros, corrompidos por fantasías literarias y prostituciones ideológicas que enajenaban su mente. Tarados que, en vez de gozar plenamente las bondades de su excelso gobierno, le escupían en la cara.

Y así, esta horrible población estaba llena de brutos que exigían más ingresos, por ingratos y salvajes, cuya avaricia no les permitía ver que sus hermosos gobernantes les otorgaban los mejores salarios y las más ventajosas oportunidades.

Por si fuera poco, esta horrible población estaba ocupada también por tarados que exigían mejoras en sus colonias y en los servicios. Habitantes berrinchudos que por tanta mezquindad no comprendían a su honrado gobierno, que con mucho esfuerzo y dedicación, ofrecía solamente las mejores tierras para vivir y servicios óptimos para su inadaptada y detestable nación.

En fin.

Esta nación tenía los mejores gobernantes, pero éstos grandes gobernantes tenían la peor nación que pudiese haber.

Así que los gobernantes, como orgullosos padres de su nación, tuvieron que educar a sus habitantes. Tomando el corazón fuertemente, soportaron el dolor insufrible de castigar a sus ciudadanos y dieron a santo y son reprimendas para cada comportamiento inapropiado de su pueblo:

Si el pueblo no trabajaba, les castigaban con encierros correctivos para que analizaran lo incorrecto de sus actos.

Si el pueblo gritaba y azotaba al suelo en las calles importantes de la ciudad, la reprimenda eran nalgadas (claramente, suaves nalgadas).

Si el pueblo enseñaba la lengua, o hacía señas obscenas, les corregían con vara en las yemas de los dedos. Y si volvía a hacerlo, lavado de la boca con jabón.

Si el pueblo susurraba y se burlaba de sus gobernantes, se les mandaba a llamar a la oficina central para darles un sermón de buen comportamiento, amenazando con otro tipo de castigo.

Si el pueblo alzaba la mano, o levantaba la voz a sus gobernantes, les castigaron con la chancla o la pala (lo que hubiese más cerca) y con la amenaza de expulsión del país.

Fue entonces que con mucha decencia, estos benevolentes gobernantes dieron el mayor ejemplo de rectitud y humildad a los habitantes del país.

Claro, un buen comportamiento siempre trae recompensas. 

Los gobernantes trajeron amigos nuevos, de otras naciones, para que jugaran con los ciudadanos bien portados.

Los gobernantes regalaron comercios de la mejor calidad a los extranjeros por ser buenos con nosotros. Los extranjeros son mara bien portada, son gente responsable y bondadosa. Son dadores de amor.

Los extranjeros, por si no fuese menos, son inteligentes y visionarios. Ellos dijeron cómo educar a la nación y prestaron dinero para esa labor. Ellos mostraron la religión que trae hermandad y amistad. Ellos guían a ser la mejor nación, la nación que nuestros gobernantes no tienen.

Es así como esta horrible nación se volvió la mejor nación de todas.

La peor nación ya no está enferma de pobreza, porque el buen gobierno la curó.

El gran gobierno se dio cuenta que la pobreza es contagiosa y arrancó el problema desde la raíz.

Es así como esta horrible nación se volvió la mejor nación de todas. Ya no está enferma de discriminación, porque el buen gobierno extrajo el racismo de ella. Se dio cuenta que el racismo es una moda, y se deshizo de todo tipo de envidia que, obviamente, los más desagradecidos vivían.

Es así como esta horrible nación se volvió el ejemplo de nación, incluso para los extranjeros. Vivió entonces la mejor nación de todas con los mejores gobernantes jamás encontrados. Vivió la mejor nación de todas nada más tres días:

El primer día: no hubo campesinos que renegaran tierras que no les pertenecen, y no hubo cultivo.

El segundo día: no hubo trabajadores en las industrias, porque azotaron a los que hicieron rabieta porque su salario no les parecía el digno para sus berrinches avariciados.

El tercer día: no hubo habitantes que quejándose de nada, porque ninguno quedó cuando el gobierno terminó su última reprimenda.

Entonces, resumiendo el silogismo: la mejor nación de todas, es aquella que no existe. Por lo tanto, los mejores gobernantes, son aquellos que no gobiernan.

Chemsk

Una vez a los 10 quise ser director de cine. Así me duró el gusto hasta los 18. Hoy soy un restaurador de arte con un confuso origen en el exDistrito Federal, pero viviendo en todos lados.

Imagen: Diego Rivera, «Gloriosa Victoria» (mural transportable), 1954.