Este texto viene de Mantequilla Nápoles: En el entrecruzamiento de las memorias I

Segunda y última parte de este artículo dedicado a mostrar cómo coinciden, se entrecruzan, dos importantes proyectos, uno pedagógico (Gimnasio de Arte y cultura) y otro teatral (compañía Línea de Sombra), con la vida personal del campeón de boxeo José Ángel Mantequilla Nápoles y el cuidado de la memoria como terrenos en común.

Un boxeador que significa grandeza

Baños Roma se mantiene vigente, luego de haberse montado en diversas ciudades de México y del extranjero, desde su primera función en 2013, hasta las más recientes en 2019. José Ángel Nápoles falleció el 16 de agosto de este último año, unos días después de que la obra se presentara en el Museo Universitario Arte Contemporáneo. Al enterarme del triste acontecimiento, recordé aquel domingo por la tarde, el 2 de septiembre de 2013, en el que acudí al Teatro Julio Castillo a verla. Y si algo puedo asegurar es que me sacudió. Al salir de la función, en lugar de tomar el Metro para regresar a casa, preferí caminar para que se asentaran mis pensamientos, que llegaron a mí como un alud, y que en ese momento giraban en torno al hecho de haberme sentido confrontado. 

Una primera confrontación la experimenté al darme cuenta de que Baños Roma me estaba revelando hasta qué punto era significativo para mí José Ángel Nápoles, de lo cual no estaba del todo consciente. La acción desarrollada en el escenario me hacía recordar pasajes de mi infancia, cuando vivía con mi familia en la colonia Gabriel Ramos Millán. Los niños del barrio, los cuates de la cuadra, teníamos como ídolos deportivos a futbolistas, beisbolistas, luchadores o boxeadores. Solíamos emularlos adoptando sus nombres o sus apodos, haciendo como que éramos ellos en juegos callejeros. Representaban a quien sí la hacía, eran referentes de vida exitosa, gente capaz de sobreponerse a la adversidad. Tal es el caso de Mantequilla, quien habiendo ganado el campeonato mundial en 1969 estaba en la cima de la popularidad. Inspiraba a los chamacos a ser como él. Es comprensible el valor que tiene esta clase de vínculo, si tomamos en cuenta que durante el pasaje de la niñez a la adolescencia el tener modelos es parte de la formación personal. 

Uno de mis vecinos siguió los pasos de José Ángel hasta ponerse el cinturón de ganador. Cursamos la primaria en la escuela República de Ruanda, donde su madre trabajaba como conserje, pero no fuimos compañeros de grupo porque él era algunos años mayor. Formaba parte de las familias de Tepito que llegaron a poblar la Ramos Millán. Yo ya había terminado la secundaria cuando lo vi por primera vez como boxeador profesional, en una pelea televisada. Quedé asombrado. Sin duda, era el mismo hombre de piernas larguiruchas – por eso le decían El cañas – que años atrás organizaba peleas en el aula o se subía al ring en la explanada de la entonces Delegación Iztacalco. Su nombre: Carlos Zárate, campeón mundial de peso gallo, cuya admiración por el Mantequilla es de sobra conocida. 

Carlos Zárate “El Cañas”

Otro gran admirador del peleador cubano es Mauricio Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo. El día que falleció su ídolo hizo una declaración que ubica muy bien en qué consiste su legado y el porqué de su influencia: “Él significa grandeza, fue uno de los grandes de toda la historia, es un boxeador de época, reconocido a nivel mundial, Tyson lo admiraba, varios boxeadores mexicanos como Carlos Zárate, Ricardo López se inspiraron en él.” (5)

Un segundo momento de confrontación lo tuve al contemplar en el escenario ya no a un campeón, sino a un hombre desgastado por el tiempo, agotado por varias enfermedades, principios de Alzheimer entre ellas, viviendo en una Ciudad Juárez devastada por la violencia. Es difícil asimilar que aquel personaje glorioso ahora está en la ruina. Y más lo es aceptar que aún en esas condiciones no deja de ser parte de mi biografía: el modelo de mi niñez ahora me pone frente al espejo para que reconozca mi propia finitud. Es cuando resulta imprescindible resistir la tentación de juzgar. Antes de Baños Roma, yo había mantenido al Mantequilla al margen de mis recuerdos, simplemente porque el deporte dejó de ser relevante para mí a medida que me convertía en adulto. La obra me hizo ver que en realidad estaba latente, no ausente. Tenía entonces 55 años, su historia me confrontó por haber despertado inesperados recuerdos, pero sobre todo porque estos me incitaron a examinar mi situación presente, a reflexionar en cómo llegué a ser quien soy. 

Mis impresiones al respecto se las hice saber a Antígona González por correo electrónico. Ella, además de participar como actriz en Baños Roma, también fue parte del proceso colectivo de creación que la hizo posible. “Lo que la obra me propone – cito parte de mis comentarios – es que al estar cara a cara con la condición humana de un ex campeón, también lo estoy con las condiciones del entorno en que vive, una Ciudad Juárez desolada, enlutada, a la que vemos a través de lo que pasa en un gimnasio. Es el trasfondo que hay en la existencia del que hoy es un humilde entrenador de box”.

José Ángel “Mantequilla Nápoles”, 2012

Reproduzco la parte medular de su respuesta, por la importancia que tiene el punto de vista de alguien que participó en la producción: “Puede ser algo delicado hablar de la vida de otra persona, porque las historias más fuertes o dramáticas se nos presentan muy seductoras, nos hacen guiños para que las mostremos, atraen como lo hace el chisme, la telenovela, o la nota roja en los medios. Contar eso me parece lo más sencillo, fácil. Siento que nuestra búsqueda al hablar de nuestras vidas o las de otros, es esa a la que tú te refieres, una que nos ponga cara a cara con la condición humana y que más que llevarnos a juzgar, reír o llorar sea un motivo para pensar y reflexionar sobre lo que somos, sobre esas cosas que nos hacen parecidos como individuos y las que nos recuerdan nuestra individualidad, nuestra mirada subjetiva. Encontrarnos diferentes y ver la riqueza en eso. Dejar de ser lo que creemos que somos y volver a ser, una y otra vez”. 

Esperanza vs incertidumbre

El taller El uso de la entrevista y la memoria como detonantes para desarrollar proyectos artísticos, proyecto pedagógico llevado a cabo en el Gimnasio de Arte y Cultura, y Baños Roma, producción de la compañía Teatro Línea de Sombra, en algún punto concurren. “Creo que tanto uno como la otra – vuelvo al intercambio por correo electrónico que tuve con Antígona-, en distintos niveles de discurso y experiencia, se unen en algo fundamental: hacernos ver lo indispensable que es el ser sensibles hacia la vida de los demás, especialmente en una época en la que los vínculos sociales y afectivos se degradan a causa de la violencia. Coinciden en la promoción de la solidaridad, haciéndonos una pregunta, no siempre declarada: ¿Qué pasaría si te pusieras en lugar del otro?”. 

El de ambas partes es un trabajo con una misión vital, porque jerarquiza la esperanza por encima de la incertidumbre. En su momento, la obra complementó a la perfección el planteamiento del taller al permitirnos apreciar con claridad cómo se integra la historia de vida a un proceso artístico más amplio que vincula la subjetividad del testimonio con el marco histórico que implica, haciéndola llegar al público con un trabajo estético que apela a nuestra conciencia y a todo nuestro ser. 

Considerando si hay alguna manera de medir la influencia de José Ángel Mantequilla Nápoles en la sociedad, las estadísticas que avalan su trayectoria no me dicen gran cosa. Es preferible seguir la reflexión que hace el periodista Jesús Sierra, quien tampoco está por completo convencido de la numeralia, como se advierte en su gran crónica reportaje sobre el Mantequilla, donde anota: “… el número de victorias o derrotas y nocauts no refleja el impacto que dejó en la gente, ya sea quienes lo han conocido o los miles de aficionados del boxeo que más de 35 años después de su última pelea siguen recordándolo”. (6)

¿Qué sentimientos experimentó José Ángel Nápoles al contemplar su vida reconstruida en el escenario? Busqué algún testimonio suyo al respecto, sin encontrarlo. Sin embargo, me inclino a pensar que la obra contribuyó a reforzar su integridad, en el sentido al que se refiere el antropólogo George DeVos, siguiendo las ideas del psicoanalista Erik Erikson respecto a los ciclos vitales. “La persona anciana –apunta DeVos- tiene el sentimiento de que la vida ha merecido la pena, más que la dificultad de aceptar lo que se ha realizado, o bien un sentimiento de desesperación por no haber podido satisfacer al menos algunos de sus deseos y ambiciones fundamentales” (7). Ubico a José Ángel en la primera opción. 

Igual me pregunto cuál hubiera considerado su mayor éxito. ¿Haber sido campeón mundial de boxeo? Quizás esto sería lo más obvio desde un punto de vista externo. ¿Pero en su fuero interno cuál hubiera sido la respuesta? ¿Que se redimió, en el sentido religioso del término? ¿O que se emancipó de los patrones mercantiles que definen el éxito, los que primero encumbran y luego arrojan al abismo? Quién sabe si alguna vez a Mantequilla le importó que fue un modelo a seguir, pero si queremos saber dónde está ahora su divagante memoria, hemos de buscarla entrecruzada en la memoria de quienes tenemos en él algún motivo de inspiración. 

Referencias

(5) Mediotiempo.com, 17 de agosto de 2019. 

(6) Cafefuerte.com, 8 de febrero de 2014. 

(7) George DeVos: Antropología psicológica, Anagrama, 1981, p. 80.