Los libros nos remiten a un mundo de ideas, historias y reflexiones. De ellos podríamos hablar por días y no acabaríamos; desde su contenido, proceso creativo y diseño, hasta la industria editorial que hace posible su impresión y comercialización.

En este #DíaNacionalDelLibro quisimos hablar del lugar que resguarda estos objetos y no solo eso, los colectiviza haciendo posible su acceso público: las #bibliotecas.

A pesar de permanecer cerrados por la contingencia sanitaria, estos espacios persisten en nuestro recuerdo y desde ahí los evocamos. Lugares de encuentro, aprendizaje e inspiración que no pueden ser reemplazados por la virtualidad que todo lo ha invadido en estos meses.

Nuestro homenaje proviene de voces invitadas, bibliotecarias y amantes de estos espacios que además de libros, resguardan discos, películas y memorias… muchas memorias.

¿Cuándo fue la primera vez que fuimos a una biblioteca? ¿Conocíamos ya otros espacios similares? ¿Qué elementos nos llamaron la atención? ¿Cuáles fueron los aprendizajes? ¿A quiénes conocimos ahí? Son preguntas que las asistentes a nuestro primer Biblio-recorrido (llevado a cabo en febrero del 2020) contestaron en las líneas que a continuación presentamos.

Hasta que nos volvamos a encontrar en una biblioteca, reciban un caluroso abrazo en forma de palabras.

Susana Colin

Recuerdo aquel día, mi mamá dijo mi nombre y desperté, me bañé, tomé un vaso con leche y nos encaminamos a la esquina de la información, entre Bucareli y Reforma en el centro de la ciudad.

Subimos al cuarto piso donde se encontraba su oficina, la vi firmar, saludar a sus compañeros y como era legal en ese tiempo, prenderse un cigarro y echar chisme.

Mis mañanas eran así cuando me tocaba ir al trabajo de mi mamá y aquel día era EL DÍA. Llegó la hora de salir del departamento de cobranzas, salimos del edificio, caminamos hacia el reloj chino y dimos vuelta a la izquierda. En mi vida había visto una fachada tan hermosamente bella, una fortaleza, era una biblioteca, y era la de México.

El olor a libro impregnaba la sala de consulta, todavía no había computadoras por lo que para encontrar la información y sus coordenadas correctas había que buscar y explorar en un fichero de tarjetas de cartulina blanca. Así son las bibliotecas, grandes lugares llenos de conocimiento y aventuras. Aquel día me divertí tanto que decidí que esa sería mi profesión y que las bibliotecas son mi lugar.

Giordana Suárez

A principios de 1975, me inscribí como usuario de la Biblioteca Benjamín Franklin, entonces ubicada en la calle Londres de la colonia Juárez, porque tenía un servicio por completo inusual, incluso hoy en día en cualquier otra biblioteca: el préstamo de elepés. Este beneficio fue descartado algunos meses después, pero mientras tanto aproveché todo lo que pude su catálogo, escuchando cantidad de música desconocida para mí: clásica, electrónica, folk, jazz y blues. En cierta ocasión llevé a mi casa un disco publicado en 1956 por un cantante de blues, con integrantes de las bandas de Count Basie y Duke Ellington unidas en una sola. Desconocía al intérprete tanto como el significado del título: The Boss of the Blues. Joe Turner Sings Kansas City Jazz. Jamás había escuchado un swing como el suyo, ni una voz como la de Turner, esencia del gritante (shouter) blusero. Le decían El jefe con razón. Así fue como a los diecisiete años integré a mi experiencia sonora dos vertientes distintas al rock, pero emparentadas con él: jazz y blues. Veinticinco años después, como productor ejecutivo, generaría proyectos relacionados con ambos tipos de música. Y Joe Turner volvería a ocupar un lugar medular en mi visión musical.

Rodrigo Farías Bárcenas

Imaginarios

Los jueves me sentaba en  la banca de la puerta principal y él llegaba,  elegante, con libros bajo el brazo. Un  personaje salido de un libro. La primera vez que lo vi fue cuando hice mi servicio social en el área de catalogación. Buscaba libros del barrio Las manzanas, el más importante de la ciudad. Años de historia. Lo más interesante de ese lugar eran los cuentos de fantasmas.

Recuerdo nítidamente que Clara, mi jefa, lo llevó a la sección que le interesaba, era vasta. Me gustaba su caminar, su estar en la sala hundido en  el libro por horas. Tomaba notas.

Mi servicio social terminó. Yo seguí yendo a la biblioteca. Había veces en que lo esperaba en la mesa que elegía para estudiar y nunca llegaba. Curiosamente  cuando salía para volver a casa  me lo encontraba en el camino.

Me gustaba seguirlo, ver sus zapatos  como los de mi papá,  sus pantalones   con  la raya de pantalón  tan bien planchada que partía el aire, su pelo  de Clark Gable, como  en las películas de blanco y negro. Moría por escuchar su voz. Un día  se le cayó su pluma fuente negra  con un filo de oro, la levante, le hablé y cuando quise alcanzarlo, lo perdí de vista entre la multitud. Me quedé con su pluma, lo busqué, lo esperé. Nada, nunca pude ni pisar su sombra. Y si, pasaron los años.

En algún momento de mi vida tenía que hacer una investigación y visitar la biblioteca con regularidad. Clarita, mi ex jefa, ahora tenía un puesto distinto pero daba sus vueltas por el área de lectores, por la sección de préstamo. La saludaba cuantas veces la veía. Un día sin más me  sentí con la curiosidad de preguntarle  por mi amor platónico. Lo describí hasta con la pluma fuente con la que tomaba notas, le dije como era su letra, y a qué olía la tinta.

Ella se quitó los lentes, me miró con una sonrisa dulce y me dijo: “Si yo hubiera hablado con ese usuario lo recordaría, muchas y muchos lo recuerdan porque lo han visto. Ves, no eres la única que se ha enamorado del fantasma del barrio Las manzanas. Espérate en la entrada a ver si lo ves pasar y no le hables  que si le hablas no regresa”.

Sonreí, me despedí, guardé mis cosas y cuando volví a casa escribí esto… con mi pluma fuente.

Calamity Jane

Saborear una biblioteca

Recetarios escritos hace más de doscientos años y libros de cocina en microondas son parte de las maravillas que encontré en la Biblioteca de la Gastronomía Mexicana de la Fundación Herdez. Las “paredes” de este espacio son libreros que del suelo al piso lucen unos 6 mil libros relacionados con comida; para facilitar su alcance los estantes cuentan con escaleras de madera; me quedé con las ganas de subirme a una, pero volveré.

“Le das un soplidito de harina, le rezas tres aves marías” es parte de una receta que, según entiendo, forma parte de Quadernos de Cosina de Barios Guizados (1773), un ejemplar que es una prueba de que el pasado existió, en él hay historia, caligrafía y conocimiento encapsulado. “El cocinero mexicano” es otro recetario que me dejó con la boca abierta porque fue creado después de la independencia de México, sobrevivió imperios y una revolución. Para mi fortuna y la del mundo, esta joya está disponible en internet.

En la Biblioteca de la Fundación Herdez quedé anonadada con títulos como: análisis sensorial de los alimentos o La Michoacana. Historia de los paleteros de Tocumbo. Me sorprendí también con libros destinados al aguacate, chile y maíz. Saboreé esta biblioteca y deseo que quien me lea también lo haga.

Natalia Castrejón

Mi abuelo era un hombre de libros, su mesa de noche siempre tenía libros, los había en la sala, la cama, la cocina, incluso en los roperos, no había nada de ropa, había libros, siempre libros.

De cocina, historia, cuentos infantiles, matemáticas, libros con nombres que me costaba leer de niña, la casa de mis abuelos siempre tenía libros…

Su casa siempre me pareció un espacio lleno de cosas interesantes y lo principal eran los libros que no importaba por dónde mirara, parecían no tener fin; hasta que mi abuelo me presentó con la biblioteca.

La primera biblioteca a la que entré no era grande, pero, a los seis años, se veía enorme: paredes de color blanco con mesas enormes y estantes con libros iguales a los que mi abuelo tenía en casa, libros de títulos difíciles, con todo tipo de disciplinas, autores de nombres raros, colores y tamaños, justo como los que había en la casa.

La biblioteca se volvió mi lugar favorito, había de todo: libros que podía leer a mi hermana, otros para leer con mi abuelo y tiempo para pasar con él.

Durante años la biblioteca fue el centro de mi universo con mi abuelo. Curiosamente, jamás tuve que sacar una credencial, mi abuelo tenía una. Él tenía las llaves de todo el conocimiento necesario.Mi abuelo fue una de las razones principales para que años más tarde, quisiera ser bibliotecaria. Cada vez que visitaba una biblioteca pensaba en él, en los día sentada en una de las enormes mesas, él consultando libros de cocina o de historia, yo leyendo los libros del área infantil o seleccionando los mejores para leerle a mi hermana. La biblioteca siempre ha sido un espacio tranquilo, lleno de recuerdos y emociones. Sin importar la biblioteca a la que entre, mi primer pensamiento es para él.

Miriam Jardón

Nunca había sentido la importancia o necesidad de visitar una biblioteca por una decisión propia, recuerdo que en la secundaria siempre nos dejaban como tarea asistir a la Biblioteca de la Ciudadela, mejor conocida por nosotros, como la “Biblioteca de Balderas”, para investigar alguna fecha importante o un tema para reforzar una lección, -es inevitable, no pensar en este momento, en la canción de Alex Lora: “En la estación del metro Balderas”-.

Al transcurrir los años conocí a mi ex novio; él me invitó a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras a fotocopiar unos libros para su tesis, era la primera vez que visitaba la UNAM. Aunque sólo entré porque quería pasar al baño, me sorprendió la belleza de esa biblioteca, sus mesas, estantes muy altos, el silencio ensordecedor y su sótano que la hacía ver interesante, oscura y lúgubre, adjetivos que a mí parecer, me atraían mucho.

Después de unos meses comencé a estudiar en esa facultad. En mis primeros días se volvió indispensable y en ocasiones imperativo acudir a la Biblioteca “Samuel Ramos” a consultar, pedir en préstamo o fotocopiar libros para las lecturas que dejaban los profesores.

Aprovechaba la credencial de estudiante para sacar todo tipo de libros que me causaban curiosidad y el gusto por leer, me producía cierta fascinación encontrar y aprenderme palabras rebuscadas o poco conocidas en los libros que leía para hacerlas participes y propias de mi vocabulario. De ahí tuve un bastante aprecio no sólo por los libros, sino por su estructura, diseño, acomodo y clasificación, además porque estudiaba la carrera de Bibliotecología y esto me hacía tener un fuerte compromiso, no sólo de difundir la carrera, sino de apreciar aún más los espacios que guardan libros, porque creo que guardan no sólo hojas con pastas, sino que las bibliotecas son sabias en su existencia, desde su origen.

María Lachino

Qué emoción siento cuando a pesar de que la Biblioteca Pedro Bosch Gimpera es un lugar al que los niños se resisten a entrar por parecer un lugar aburrido, de entre miles de infantes actualizados con la tecnología, existe una personita que se volvió una usuaria frecuente. Se le nota cómo disfruta el tener entre sus manos una obra monográfica para leer y conocer lo que es de su interés, contagiando el entusiasmo para entender o despejar sus inquietudes desde que solicita el material hasta que mamá  le indica que deben irse. Hace entrega del libro y se da el tiempo para comentar todo lo que encontró ahí…

Así que te espero cuando esta pandemia nos permita regresar Fátima, para que me permitas disfrutar el ver cómo tú te conviertes en una PEQUEÑA gran lectora.

Angie