Fotos: Brenda Martínez

“No llores, eso es de niñas”, “Feo, fuerte y formal”, “Sé lo que quieras, pero siempre sé el mejor”, “¿Cuántas novias tienes?, “No seas cobarde”. “Debes ser líder”. “Sé más hombre.” “Pegas como niña”

A los hombres nos cuesta trabajo vernos frente al espejo. Solemos quedarnos en una visión superficial de nosotros mismos, nos cuesta trabajo ver más allá de lo que nuestros ojos nos alcanzan. Andamos por la vida sin entender quiénes somos ni el resultado de nuestras acciones.

Animarnos y mirarnos a nosotros mismo es la primera parte para reconocer los hombres que somos, y replantear el tipo de hombre que queremos ser, abrazarnos todo lo que no hemos podido por el miedo a reconocernos. No eres menos hombre si exploras, cuestionas y analizas tus comportamientos, formas de ser, de expresarte, de hablar. 

¿Qué habrá del otro lado del espejo cuando me asome? ¿He cuestionado la forma de ser hombre que desde chicos nos enseñaron? ¿Veo al hombre que quiero ser? ¿Habrá cosas de mí que no alcance a observar? ¿Soy en verdad sinónimo de violencia?  

Nos cuesta porque ponernos frente al espejo es abrir los ojos a lo que hemos evitado; a nuestros rasgos rígidos, nuestras vivencias, lágrimas contenidas, emociones resguardadas; cosas que no logramos entender porque no necesitamos entenderlas “para ser hombres”.

A los hombres nos han enseñado a ser los líderes de nuestros entornos, estar siempre en lo alto, ser fuertes, dirigir, demostrar poder, siempre alzar la voz, competir, ganar. Qué vergüenza estar frente al espejo y ver a un simple humano, con fracasos, rodeado de temores, sensaciones y posibles deterioros físicos causados por vivir una realidad que no nos debería representar, a fin de cuentas, creemos que la idea es demostrar quién es “más hombre” ¿No? 

Pareciera ser, entonces, que el “poder social” que se nos va otorgando desde la infancia por el solo hecho de ser hombres  es la fuente de poder que nos llena de privilegios individuales dentro de estes sistema patriarcal y que a la vez provoca desconocimiento propio, represión y dolor. 

Tal vez nos da miedo vernos y percibir algún rasgo que pudiéramos catalogar como “femenino” en nosotros mismos. Rasgos que, mientras fuimos creciendo, aprendimos a relacionarlos como negativos, débiles y hasta contrarios a “lo que nos enseñaron a ser”. ¿Quién nos enseñó que “lo femenino” es algo malo? ¿Qué es lo femenino? 

Tal vez nos cuesta trabajo hacer introspección ya que nos percibimos como sujetos incuestionables, tanto así que ni nos animamos a cuestionarnos. A fin de cuentas, ¿quién cuestionaría los privilegios que ya están normalizados desde nacimiento? A veces es más cómodo vivir sin saber cómo es que estamos viviendo, aunque luego no entendamos lo que nos pase o cómo afectemos a las y los demás como resultado del no querer saber.

Entendería si no quieres mirarte frente al espejo porque qué pesado es ser hombre cuando observas todo aquello que evitaste mirar pues conlleva a una reflexión constante y conduce a conocer nuestras heridas. Como dice el teórico canadiense,  Kauffman (1995): “El sufrimiento que experimentan los hombres se desprende del mandato de la virilidad: ‘ser machos es sinónimo de negar las emociones, la sensibilidad y la oportunidad de cuidar de otros y de sí mismos”. Todos estos sentimientos, reprimidos, pueden emerger como violencia.

Tal vez nos cueste vernos porque las problemáticas en salud mental masculinas derivan de este arquetipo viril asumido: la restricción emocional, la indiferencia hacia los demás, competitividad, abusos de poder, temeridad excesiva que lleva a la autodestrucción. Somos los protagonistas de la mayoría de las problemáticas en la salud pública; adicciones, violencia, acoso sexual, abusos, violaciones, conflictos armados, suicidios, etc. El privilegio masculino nos mata desde dentro.

Hombres: somos necios. Nos cuesta trabajo vernos frente al espejo. Nos cuesta trabajo hacerlo por el peso interno que resultaría el reconocer lo que somos y lo que han hecho de nosotros. Esas actitudes violentas, machistas y poco sensibles que nos inculcaron; nos han forjado y no hemos querido ponerles alto porque creemos que nos protegen, aunque siempre terminan dejándonos solos, hiriéndonos, matándonos.  

Tal vez busquemos defendernos y justificar diciendo que las masculinidades han ido evolucionando y ahora somos “menos violentos que antes”. Tal vez sí, tal vez el espejo nos quiera hacer creer eso para que no nos asomemos. Pero vayamos poniendo las cosas claras: las masculinidades mutan y se adaptan a los nuevos contextos sin perder su esencia violenta, y lo seguirán siendo si no nos atrevemos a ver dentro de nosotros, reconocer el daño que éstas nos hacen y el daño que hacemos a las y los demás, para lograr transformarnos.

Si bien no somos responsables de cómo aprendimos a ser, como dijo Sartre, sí somos responsables de lo que hacemos con lo que aprendimos a ser. “El solo hecho de preguntarnos por la posición en la que estamos, supone un cambio con la definición habitual de la masculinidad” (Segarra y Carabí, 2000). Si comenzamos a observar mejor quiénes somos, lo más probable es que ningún estereotipo social pueda más que el hombre libre que quisimos ser y que desde niños nos fueron encarcelando con esas ideas y estereotipos “de macho”. Hagamos que los actos violentos, la insensibilidad y el hambre de dominio dejen de llevar nuestro nombre. 

Debemos quebrantar este “pacto” que históricamente hemos hecho con estas formas de ser hombre, que nos ha mantenido en una posición de dominio, control y violencia. Volteemos el asunto,  dejemos de dominar el mundo exterior y comencemos a dominar nuestro mundo interno. 

Confío en que algún día tendremos la misma valentía que las mujeres para poder mirarnos, reconocernos, cuestionarnos y luchar por eliminar estas conductas que también a nosotros como hombres nos hacen daño pero no lo sabemos, sé que somos mejores de lo que nos han enseñado a ser. Ya no estamos para aguantar el peso de estas masculinidades absurdas y violentas; soltemoslas.  

Y tú,
¿Has intentado verte frente al espejo?

BIBLIOGRAFIA

  • Kaufman, Michael 1995 “Los hombres, el feminismo y las experiencias contradictorias del poder entre los hombres”, en Gabriela Arango, Género e identidad, Tercer Mundo Editores, Bogotá.
  • Ángels Carabí y Marta Segarra (eds.). Nuevas masculinidades. Barcelona, Icaria, 2000