[…] un escritor es aquel que, como Sergio Sánchez, es capaz de mostrarnos un lugar nuevo, de
movernos sentimientos –de nostalgia, de repulsión, de ternura– y sobre todo de recordarnos que la
literatura, para que sea universal, siempre, siempre, debe ser un viaje individual.

Marta Orrantia, Prólogo a Lluvia sobre el asfalto

Viajar por carretera es encontrarse con una gran variedad de paisajes, de poblados y de personas. La prisa por llegar a nuestro destino hace que nuestro contacto con esos lugares y personas sea siempre desde el «estar de paso». Nunca llegamos conocerlos a profundidad, y mientras seguimos con nuestra travesía nos quedamos pensativos… cuestionándonos ¿quiénes son estas personas que viven en estos lugares tan lejanos? ¿cómo son su vidas? ¿cuáles son sus historias? Son precisamente estas experiencias y estas preguntas las que dan vida al libro de cuentos Lluvia sobre el asfalto.

La obra es un verdadero viaje literario por los parajes y la gente de la Ruta del Sol -corredor que conecta el interior de Colombia con la zona portuaria del Caribe- y del Río Magdalena -fluvial que atraviesa de norte a sur la parte occidental del país-. Cuentos de carretera en los que los límites entre realidad y ficción son difusos, y en los que lo maravilloso y lo crudo de la realidad colombiana nos empapa como lectores, dejándonos en un estado de conmoción.

Lluvia sobre el asfalto fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo 2018) y en la Feria del Libro de Bucaramanga (Ulibro, 2018) y será presentado por primera vez en México en la Feria del Libro Internacional de Guadalajara (FIL, 2018) este próximo 30 de noviembre.

Se trata del primer libro en solitario de Sergio Augusto Sánchez, autor originario de Bucaramanga, Colombia. Comunicador social por parte de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (Unab) y magíster en escrituras creativas por parte de la Universidad Nacional de Colombia.

Su obra ha sido publicada en antologías de cuento como: Antología Relata (Sílaba, 2012); Ruidos en el techo (UIS, 2012); Caballos en la niebla (UIS, 2013); y en los periódicos: Vanguardia Liberal (Bucaramanga) y Express News UK (Londres, Inglaterra). La calidad de su trabajo lo llevó a ganar el XX Concurso Nacional de Cuento Universitario (Universidad Externado de Colombia, 2007); el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico en la modalidad de Escritura de guion para largometraje (Proimágenes Colombia, 2014). En 2015 fue seleccionado en el Concurso “Twitrelatos por la identidad”, organizado por la Fundación Abuelas de la Plaza de Mayo (Buenos Aires, Argentina).

Lluvia sobre el asfalto es un trabajo autoeditado con el apoyo del Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga y la Alcaldía de Bucaramanga. El libro fue ganador de los estímulos artísticos de 2017 «Bucaramanga cree en tu talento».

El libro es un choque con la realidad. Es un viaje a través del mosaico de experiencias humanas en sus respectivos entornos. Es un escape de lo urbano en el que no necesariamente nos topamos con la parte más amable del campo. El trabajo del ámbito rural y de la desolación que se puede dar en este contexto, es un elemento que Sergio comparte con sus referentes literarios, entre los que destaca El llano en llamas de Juan Rulfo. Los cuentos que integran la obra se pueden leer como un todo puesto que se cruzan y separan constantemente, como las arterias de una autopista.

A continuación publicamos el cuento que detonó la idea para escribir el libro, el origen de todo. Juzguen por ustedes mismos y anímense a conocer a quien está detrás de estas letras en el Foro de usos múltiples, Edificio S, ITESO, este 30 de noviembre a las 11:00 am.

 

 

Los pescadores

 

1

—Te digo una cosa, José María, yo creo que vamos a tener que vender la vaca.

—No, compa, esa vaca no se vende y menos si está dando leche.

—¿Y entonces qué vamos a hacer?

—Seguimos barbacheando así, de a poco, en la finca de don Antonio… y esperamos. La tierra nos dará algo.

—¡Pero no va a dar nada, hombre! ¿No te has dado cuenta? Esta tierra que nos tocó a nosotros está maldita.

—Deja de decir bobadas, Alfonso. Tenle fe, esto se compone, y si no es la tierra, la comida nos la da el río.

—¿El río? Ahora sí se enloqueció, compadre. Si desde la orilla no se pesca nada y no tenemos bote para ir más allá. Somos el único par de hijueputas que no tienen en qué echarse al río. José María sonrió y le pasó el brazo por encima de los hombros a su compadre Alfonso.

—Pero estamos mejor de lo que estábamos en medio de esa guerra, al menos acá los niños pueden jugar tranquilos. Alfonso asintió con la cabeza y los dos compadres siguieron caminando cuesta abajo hacia los bohíos que conformaban Santo Patrono, un pueblo de pescadores a la orilla del río de La Magdalena.

Al ver llegar a los hombres, Josefina echó a correr a su encuentro. Llevaba los pies descalzos y su pelo se veía sucio y reseco bajo el sol. José María la vio y se alegró hasta que la tuvo más cerca y descubrió que Josefina tenía los ojos hinchados de tanto llorar. La mujer se dejó caer al suelo e intentó agarrar la tierra con las manos en un grito.

 

Las mujeres se encargaron de preparar al muerto. El primogénito de José María era más alto que él a pesar de tener apenas catorce años. Los hombres llevaron la vaca al pueblo vecino para venderla y poder comprar un ataúd. A su regreso lo traían en una carreta, relleno de sacos con arroz, queso, velas y algunas libras de carne que les quedaron como parte de la venta de la vaca. La carreta la dirigía Alfonso, José María parecía ido por la pena. Josefina intentaba peinar el pelo rebelde de su hijo que aun muerto se negaba a mantenerse peinado.

—Usted debe ser fuerte, compadre —dijo Alfonso—. Por su mujer y por la niña chiquita que se quedó sola.

José María reaccionaba poco, estaba y no, contemplaba los bohíos de Santo Patrono y el río que nunca le había hecho un favor.

—No es justo… Ahora tampoco tenemos vaca —sentenció José María y se echó a llorar.

Los cascos del animal sonaban a lamentos sobre el camino y Alfonso prefirió guardar silencio para no humillar a su compadre. Cuando estuvieron cerca de la casa, se atrevió a mirarlo para comprobar que hubiera dejado de llorar. Entre los dos se dividieron la carga y la entraron en silencio.

La niña pequeña que ya no tenía hermano y los hijos de Alfonso rodearon felices la carreta, alegres de ver los sacos de arroz y la carne. Jugaron a corretearse por la casa y el patio como si en verdad no le tuvieran ningún respeto o miedo a la muerte. Los hombres acomodaron el mercado en la cocina. De nuevo tuvieron que consolar a la madre del difunto y secarle las lágrimas.

—Ya por lo menos tenemos cajón para el chinito —dijo Josefina—, ya puede pasar al otro lado del río.

—Y a nosotros quién nos va a pasar, vieja — preguntó José María y abrazó a su esposa que parecía haberse disminuido a lo largo del día.

Era como si el niño pudiese despertar en cualquier momento. Las velas iban por la mitad y las mujeres se turnaban labores entre la lluvia y el canto. Alfonso le sirvió el último trago a su compadre que intentaba curarse poco a poco el dolor. José María simplemente miraba a su hijo dentro del cajón, todavía tan joven y con pocas penas salvo esa de estar muerto.

—La tierra no nos va a dar nada porque está maldita.

—Compadre usted está borracho. Ya va a ver que sí nos da algo la tierra, póngale fe. Usted mismo lo dijo esta mañana.

—No, Alfonso, la tierra solo nos quita. Ahora va mi hijo —dijo José María con rabia y regó el último trago en el piso—. Este traguito pa’ los difuntos.

Alfonso lo abrazó y juntos se fueron detrás de la casa donde estaban listas las palas para abrir el hueco. Comenzaron a cavar con fuerza mientras del cielo se filtraban las primeras gotas que ayudarían a volver barro la tierra. Los hombres cavaron en silencio aprovechando la luz de la luna.

Al consumirse velas y plegarias, poco a poco se fueron los dolientes hasta que quedaron solo los dos compadres, sus esposas, los hijos vivos, y el hijo muerto de José María y la comadre. Los niños se fueron a dormir, las mujeres a preparar aguapanela con limones amargos. Los dos hombres levantaron el féretro con esfuerzo y lo llevaron donde habían cavado el hueco. Afuera los mosquitos esperaban. Pusieron el ataúd sobre el suelo y José María se quedó contemplando la tumba de su hijo. Suspiró.

—Ay compadre, nos escapamos de la guerra pero no podemos escapar de la muerte.

—Hagamos esto rápido que así es mejor — dijo Alfonso. Intentaba cambiar el tema para no alargar la espera de la tierra abierta.

El piso sonaba con cada paso, la lluvia lo había convertido en un lodazal. José María bajó a la tumba y su compadre empujó el cajón desde el borde. La lluvia seguía cayendo sin hacer escándalo. El padre dejó acomodado al hijo para su último sueño y salió del foso para comenzar a taparlo con barro. Los dos compadres palearon rápidamente hasta tapar el hueco. Quedaron sucios de pies a cabeza. Alfonso abrazó a su compadre que dejó escapar más llanto.

Un rato después, terminada la aguapanela, el compadre Alfonso y su mujer se fueron con la lluvia. Se despidieron de José María y de la comadre Josefina y dejaron a sus hijos durmiendo ahí, en la cama del muerto, para que hicieran compañía a la niña ahora sin hermano. Por el camino, Alfonso pudo encender al fin un tabaco y dejó escapar algunas lágrimas ante la sorpresa de su mujer.

 

En la madrugada, antes de la salida del sol y del canto del primer gallo, en Santo Patrono todos dormían, incluso los padres que habían perdido un hijo. No hacía calor. La lluvia había refrescado y solo se escuchaban los sapos y el sonido del río dejándose ir hacia el mar. Esa mañana no sería suficiente para que alguno lo notara, ni las siguientes dos, pero lo cierto
es que en el lugar donde enterraron al muerto habían comenzado a germinar unas matas de yuca.

 

 

2

La yuca no fue suficiente. El invierno amenazaba con inundar Santo Patrono y la comida escaseaba. Desde que vendieron la vaca no habían vuelto a tomar leche y los niños se veían flacos y ojerosos, como si no fueran a aguantar las fiebres que venían con los mosquitos a causa de tanta llovedera. Los dos compadres, Alfonso y José María, continuaban trabajando por jornal en la finca de don Antonio, pero la paga cada vez era menos y se demoraba más. Las mujeres lavaban ropa en el pueblo y con eso compraban arroz o café; los hombres intentaban pescar desde la orilla a falta de barca, sin embargo el río de La Magdalena no les dejaba ver ni un solo pez.

—Estoy cansado, compadre, cansado de veritas.

—Ya va a ver cómo sí pescamos alguna vaina. Tenga paciencia.

—¡Que no, Alfonso! A mí ya se me acabó la fe. Este río no da nada en la orilla y no tenemos con qué adentrarnos a pescar.

—El viejo Fidel dijo…

—El viejo Fidel dijo que nos alquilaba una chalupa y ni usted ni yo tenemos cómo pagarle.

—Entonces hay que tener paciencia, José María, que ya nos va a dar algo el río.

José María se levantó maldiciendo y arrojó el carrete al suelo. Se marchó de la orilla y tomó rumbo a su casa, iba refunfuñando. Ya estaba oscuro y Alfonso comenzó a recoger su nailon para probar mejor suerte con un nuevo sol. Cuando llegaron a sus casas ya había comenzado a llover y ni siquiera la lluvia pudo ahogar el llanto de la hija de José María a
quien se le había caído un diente.

 

El nivel del agua había subido en forma excesiva. Alfonso salió de su casa y su mujer lo despidió en la puerta. José María lo esperaba afuera, ambos compadres se saludaron con cariño y tomaron rumbo a la finca de don Antonio. Caminaban por la orilla río arriba.

—Falta poco para que nos devore a todos el río —dijo José María que miraba un palo que flotaba llevado por la corriente revuelta, giraba con el sentido de un segundero.

—Si nos lleva el río algo alcanzaremos a pescar.

—La tierra me quitó un hijo para darme unas yucas, no quiero pensar qué me van a pedir las aguas. Por el camino se les unieron otros jornaleros que ofrecieron a los compadres un sorbo de guarapo para que agarraran fuerzas. En la cordillera se veían nubes que presagiaban un aguacero. José María se quedó viendo hacia las cimas de las montañas y dejó caer el sombrero que llevaba en la mano.

—Parece que hubiera visto un espanto, compadre.

—No es nada. No es nada —dijo mientras se agachaba a recoger el sombrero.

Continuaron caminando y aunque José María se convenció de no haberlo visto, el helicóptero militar se había perdido entre la niebla sin dejar rastro, consumido por las nubes cargadas de lluvia. Apuraron el paso para alcanzar a sus compañeros.

De vuelta a casa, los dos compadres estaban contentos. Les habían pagado, además del jornal, con panela, huevos y harina que llevaban envuelta en trapos. Aquella noche los niños irían a la cama con algo en el estómago, no solo con sueños. Estaban todavía lejos de Santo Patrono cuando vieron el humo. Probablemente ya habían encendido alguna cocina esperando su regreso.

—Yo no le había comentado… tuve el mismo sueño.

—¿Todavía?

—Sí, Alberto José estaba ahí, metido en el centro del río pero sin corriente. El agua le daba por la cintura y me llamaba a que me metiera con él.

—¿Y usted qué hacía, compadre? —preguntó Alfonso mientras se ponía de vuelta el sombrero para protegerse de la llovizna.

—Pues yo le decía que no, porque tenía que cuidar a la mamá y a la hermana. Él insistía y sacaba del agua un bagre mucho mucho grande, como de dos metros de largo. Yo me metí a sacarlo pero como siempre, cada que toco el agua me despierto.

—Eso es porque hace meses que el chinito se le volvió difunto, compadre. Eso pasa por enterrarlo sin misa.

José María iba a responderle pero notó que el humo que habían visto de lejos no era de chimenea. El bohío del compadre Alfonso estaba aún en llamas. Ambos compadres se miraron horrorizados y echaron a correr. Alfonso a su casa en ruinas y José María a la suya. Ahora sí estaba convencido de haber visto un helicóptero militar por la mañana. Los dos compadres repetían insultos y maldiciones en voz baja para acompañar su trote.

Alfonso dejó de escuchar los ruidos de la noche, desaparecieron los grillos y el sonido del río cada vez más crecido. No escuchó tampoco la paja que todavía se consumía por el fuego, como cuando era otro tiempo y fritaban salchichas en una sartén. Junto a la casa, en el samán, encontró a su familia. José María, por su parte, entró buscando a los suyos y solo encontró a una vecina sentada en su comedor que rezaba un rosario. La vieja al verlo entrar por la puerta se le abalanzó encima y se puso a llorar.

—José María… José María —dijo la vieja agarrada de la camisa de José María que no entendía nada.

—Dónde están. ¿Dónde está mi familia?

—Su esposa alcanzó a irse con la niña y se subió en la última flota… los tipos dijeron que iban a volver por ustedes… Váyase. ¡Váyanse ya, José María!

Afuera tronó y el aguacero se soltó con más fuerza.

José María salió de su casa, sin sombrero, sosteniendo todavía debajo del brazo los trapos en los que venían envueltas la harina y la panela. De los trapos comenzaba a gotear la clara de los huevos rotos. Comenzó a andar tratando de entender lo que sucedía y a medida que avanzaba el piso era cada vez más blando.

Llegó donde su compadre Alfonso, sucio hasta las rodillas, empapado por la lluvia. Los hijos del compadre aún tenían cara de asustados pero la comadre se veía tranquila a pesar de todo. De las ruinas de la que fuera la casa de Alfonso todavía salía humo. José María se santiguó y se puso las manos en la cabeza tratando de mantener la calma. Se acercó a Alfonso.

—Nos tenemos que ir compadre… Esa gente va a volver por nosotros.

Alfonso estaba ido, perdido en otro tiempo, fuera de su cuerpo. José María lo agarró por los sobacos y comenzó a arrastrarlo por el lodazal en que se habían convertido las cuatro calles de Santo Patrono. Parecía muerto pero tenía los ojos bien abiertos y llenos de lluvia, puestos en el samán donde se balanceaba su familia mecida por el viento. Intentó soltarse en un ataque de histeria pero José María le gritó algo que se perdió en la lluvia, lo agarró con más fuerza y lo arrastró hasta su casa. La señora seguía ahí, en el tercer misterio doloroso, y le ayudó a acomodar a Alfonso en una estera donde por fin se desmayó. José María agarró una pala y salió de la casa.

No había amanecido y tampoco había dejado de llover del todo cuando regresó a despertar al compadre Alfonso. Tuvo que ayudarlo a caminar hacia el río que parecía tranquilo. Tres pasos atrás los seguía la vieja que estaba apenas terminando el decimoquinto avemaría de alguno de sus misterios. Todavía no cantaban los gallos. José María acomodó los carretes de pesca, los trapos con la panela y la harina y los huevos hechos masa por la lluvia. Intentó sentar y componer a su compadre que sollozaba a bajo volumen y escupía espumarajos por la boca. Se despidió de la vieja vecina con un beso en la frente. Empujó la barca al agua.

 

 

 

 

Río abajo, los dos compadres navegan en el ataúd de Alberto José, con palas hechas remos. Todavía no cesa la lluvia.

 

Este cuento fue publicado con autorización del autor.

 

Fotografías

Fotografía 1: Agencia SBD, www.sbdideas.com

Fotografía 2: Daniel Delgado Sánchez

Fotografía 3: Daniel Delgado Sánchez