La escritura no puede ser algo dogmático, la escritura es algo que se piensa, se corre, se baja, se sube, se canta, se besa, se acaricia

 

TRABAJO

1.  Acción y efecto de trabajar.

2.  Ocupación retribuida.

3. Actividad remunerada que se desdeña públicamente, pero se busca en privado.

TRABAJAR

Del lat. vulg. *tripaliāre ‘torturar’, der. del lat. tardío tripalium ‘instrumento de tortura compuesto de tres maderos’.

1. intr. Ocuparse en cualquier actividad física o intelectual. .

2. intr. Tener una ocupación remunerada en una empresa, una institución, etc.

Ray Loriga sobre John Cheever «Se levantaba todas las mañanas muy temprano, se ponía un traje de tres piezas, cogía un maletín y llevaba a sus hijos a la parada del autobús en el Upper West Side de Manhattan. Después de despedir a los críos con la mano, volvía a entrar en su edificio, pero en lugar de subir a su piso, bajaba hasta un pequeño cuarto junto a las calderas en el que había puesto una mesita y, sobre ésta, su máquina de escribir. Una vez allí, se quitaba el traje y escribía en calzoncillos, el calor de las calderas así lo exigía, hasta que los niños volvían del colegio. Entonces se vestía de nuevo, agarraba su maletín vacío e iba a la parada del autobús a recogerlos. Día tras día, Cheever fingía tener un empleo y una oficina y una posición que no tenía. Le avergonzaba confesar a sus hijos que en realidad no era más que un escritor.»

La escritura no parece nunca un trabajo, los que nos hemos impuesto la absurda obligación de escribir tuvimos que pasar por momentos complicados al tomar tan difícil decisión, cuando por separado les conté a mis padres que planeaba ganarme la vida con tan absurdo oficio, pude notar no sólo su cara de sorpresa, esperando y rogando a Dios que fuera una de mis muy malas y muy cotidianas bromas, sino también un poco de angustia. Es normal, no los  juzgo a ellos ni a su reacción, supongo que si yo tuviera un hijo, en ese imaginario, mi respuesta sería peor, más alarmante tal vez. La razón parece ser un poco clara: al menos que te llames Javier Marías o seas una clase de best-seller es complicado reconocer dicha actividad como un empleo; sin hablar de lo pesado que es convivir con un escritor, ya que es una especie de «autista-inútil» que no para de pensar (vivir distraído como modus vivendi), y que además puede pensar paseando, o estando acostado, o en la fila del banco, o al encender el cigarrillo o al tomar el café por la mañana. Piglia dijo que la literatura es más interesante que la vida y me temo que no podría estar más de acuerdo. Y sin embargo, escribir avergüenza. Es muy complicado convencer al mundo que es una labor seria. Si alguien te encuentra sentado, con la luz que la computadora emana en tu rostro, y con los dedos presionando las teclas se podría fiar de que estás escribiendo, pero si ese alguien te encuentra caminando por las calles y al intervenir tu camino para saludar te pregunta «¿qué haces?» y respondes «trabajando», esa persona seguramente se irá pensando que eres rarísimo. Lo que pasa es muy simple, la escritura no puede ser algo dogmático, la escritura es algo que se piensa, se corre, se baja, se sube, se canta, se besa, se acaricia. Y es un trabajo de verdad e importa, lo que pasa es que es un trabajo pocas veces remunerado y extraño. Existe un fenómeno muy curioso en la sociedad, cuando la gente pasea por las calles (mayormente cuando son turistas) suelen fijarse o comentar «mira, aquí vivió Paz», «por aquí escribía Bolaño», «Salvador Novo comía aquí»; la gente siempre recuerda a los escritores (a pocos, tampoco se alarmen): Chile es Neruda como Colombia es Gabo como México es Rulfo como Francia es Baudelaire. Pocos recuerdan la importancia de los no importantes. Los escritores le dan vida y nombre a los lugares, por lo tanto podrán pensar que la actividad de escribir no sea un trabajo, pero no cabe duda de que es un asunto importante.