Nada es para siempre en la tierra:

Sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

Aunque sea de oro se rompe,

Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

Sólo un poco aquí.

 

      «Yo lo pregunto», Nezahualcoyotl

Ya llega el final de mi viaje, ya pronto se apagará mi vida. Cuatro años han pasado desde el día en que morí. Las mujeres lloraron, esparcieron la tristeza entre todos. Mi cuerpo fue lavado y perfumado con ricos aromas. Me adornaron con papeles y con metales hermosos. Me obsequiaron una piedra preciosa, la colocaron en mi boca. Me envolvieron en mantas. Por tres días me velaron en el lugar que por muchos años fue mi hogar. Al cuarto día, cuando mi olor se intensificó, me enterraron. Ese día se pronunciaron palabras bellísimas -como flores- palabras sobre los dioses y sobre mi vida. Los corazones de mis familiares quedaron tranquilos y yo estuve muy contento con tan bella despedida. Me llevaron en procesión, convirtieron mi cuerpo en cenizas y me devolvieron a la tierra. Las partes de mí que pertenecían a los dioses y a la naturaleza regresaron con ellos y yo emprendí mi última travesía.

Si hubiera muerto siendo pequeño hubiera ido a Cincalco, a mamar de Chichihuacuauhco -árbol de las tetas-. Si hubiera sido guerrero hubiera ido a Tonatiuhichan -casa del sol- a acompañar al astro en su recorrido diurno. Si hubiera sido uno de los elegidos del dios de la lluvia, hubiera partido al Tlalocan. Como mi muerte fue natural, mi destino era otro: Mictlan, el lugar en el que la mayoría de nosotros termina y el lugar del que todos nosotros -hombres del quinto sol- venimos.

Me fui al norte, al mundo subterráneo, lugar oscuro, frío y húmedo. Al poco tiempo me encontré con el cauce del rió Apanohuacalhuia. Un viejo amigo, que llevaba muerto un par de años, me saludó ahí y yo me alegré mucho de verle, se trataba de mi perro. Él hizo de mi guía y me llevó en su lomo a través de las caudalosas aguas. Muchos no fueron tan afortunados como yo, y, como castigo por haber sido malos en vida con algún perro, fueron incapaces de cruzar el río, quedándose ahí, en la frontera del mundo de los vivos y el mundo de los muertos para siempre. En la orilla mi amigo y yo nos despedimos.

Tras un largo caminar aparecieron ante mí dos inmensas montañas. Eran montes más grandes que el Popocatepetl pero a diferencia de otros montes éstos no se estaban quietos. Chocaban entre sí y luego se volvían a separar. Nada en el mundo podría haber permanecido intacto si hubiera quedado atrapado en el poderoso choque de esos gigantes de tierra. No había otra manera de seguir, tuve que esperar el momento justo y correr como nunca, aun así estuve a nada de ser aplastado.

Deambulé por meses hasta que llegué a un cerro cubierto con pedernales. Tuve que escalarlo. A cada paso sentía la piedra tallada enterrándose en mi carne. Me cortaba en los brazos, me cortaba en las piernas, me cortaba en el pecho, con el paso de los días me acostumbré al dolor. Por fin logré bajar, cuando lo hice estaba bañado en sangre.

Continúe. Caminé hasta llegar a un valle blanquísimo sobre el que no dejaba de nevar, a la distancia alcancé a ver la silueta de ocho cerros. Ahí el frío era más intenso que el de todos los inviernos que soporté en vida, afortunadamente tenía las mantas con las que me envolvieron al enterrarme. La nieve era alta y entorpecía mis pasos. Un día la nevada disminuyó pero enseguida se soltó un vendaval, había algo raro en el aire, era como si estuviera lleno de cuchillos de obsidiana, la fría corriente me cortó en todos lados y terminó por arrebatarme la mayoría de mis pertenencias. Cuando vi que estaba cerca del último cerro comenzó a soplar otro viento durísimo, esta vez el aire no era filoso, pero golpeaba con una fuerza brutal. Hacía que me moviera de un lado a otro, como si fuera una bandera. Me costó muchísimo poder atravesar.

Cuando el viento cesó yo estaba ya muy herido y cansado, pero no podía abandonar. Alcanzaba a escuchar las voces de mis seres queridos deseándome un buen camino, eso me ponía contento, me daba fuerzas. De nuevo se presentó una dura prueba. Comenzaron a llover flechas del cielo y no cesaron de caer, nunca pude ver a ningún arquero. Corrí por semanas intentando evitar los proyectiles. Escapé de la gran mayoría, pero no pude evitar que varias se me clavaran en diferentes partes y que otras más me rozaran la carne. Me detuve unos días a descansar y sanar.

Más adelante crucé un oscuro paraje en el que podía sentir la pesada mirada de seres no humanos observarme desde las sombras. Un enorme jaguar salió de la negrura y me impidió el paso, exigió que le entregara mi corazón si es que deseaba continuar. Su piel era bellísima, su personalidad imponente. Temblando, envolví en una tela la piedra preciosa que me obsequiaron cuando me enterraron y se la entregué diciéndole que era tan valiosa como mi corazón. El felino la miró fijamente, hizo una señal de aprobación y la devoró, a continuación me dijo que podía proseguir y desapareció en la oscuridad.

Varios meses pasaron y un día me topé con la desembocadura del mismo río que había atravesado años atrás con ayuda de mi perro. Algo en él era diferente, sus aguas se habían vuelto negras y no parecía tener fondo ni final. Esta vez tuve que cruzar solo. Nadé por días, el cansancio me hizo alucinar a ratos. Sentí que había cruzado no solo uno, sino nueve ríos en total, varias veces estuve a punto de ahogarme. Xochitonal, el gran lagarto vigilante, me indicó el camino cuando me sentí más perdido. De no ser por él no hubiera salido nunca de ahí.

Lluegé a un paraje cubierto por una densa niebla, en ella me perdí yo no sé por cuánto tiempo. Recordé toda mi vida, todas las decisiones que tomé y todas las personas que conocí. Sentí lentamente desaparecer mi conciencia y poco a poco entré en mayor conexión con la vida de todos los seres: las montañas, los dioses, los animales, los ríos y las personas. Un día la niebla se disipó y yo seguí caminando.

Ahora me encuentro en la recta final. Camino unos pasos. Al fin estoy en Mictlan. He llegado al lugar de donde Quetzalcoatl robó los huesos de los hombres antiguos -los que vivieron en el cuarto sol-. Luego de robarlos los pulverizó y los roció con la sangre de su miembro, creando así a los hombres de maíz: a mi gente y a todos los pueblos que habitan Anáhuac. Aunque el dios quiso darnos vida eterna, el señor de la muerte le hizo prometer que le devolvería los huesos que se había llevado. Es por eso que todos debemos morir, es por eso que todos volvemos aquí. Veo aparecer ante mí dos figuras, ya de cerca me doy cuenta de que están completamente descarnadas: son Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, los señores de este lugar, a quienes las deidades creadoras les confiaron la protección de los muertos. Les muestro mis respetos y les entrego humildemente algunos obsequios de la ofrenda con la que fui enterrado, es todo lo que me queda. Sin emitir palabra y con una mirada solemne el señor de Mictlan asiente con la cabeza. Ya siento que dejo de existir, ya siento que mi vida se desvanece. Nada es para siempre en la tierra. Nunca más volveré, mi vida agonizante se une a la del cosmos. Lo último que alcanzo a escuchar es la gruesa voz del señor de la muerte diciéndome -Han terminado tus penas, vete, pues, a dormir tu sueño mortal-. Después nada. Después todo.

Referencias

Durán, Diego, Historia de las Indias de la Nueva España en islas de tierra firme, estudio preliminar de Rosa Camelo y José Rubén Romero, México, Conaculta, 1995.

Johansson K., Patrick, Ritos mortuorios nahuas precolombinos, Puebla, Secretaría de Cultura, 1998.

Matos Moctezuma, Eduardo, La muerte entre los mexicas, México, Tusquets Editores México, 2010.

Motolinía, Toribio de, Memoriales, edición crítica, introducción, notas y apéndice de Nancy Joe Dyen, México, El Colegio de México, 1996.

Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España, estudio introductorio, paleografía, glosario y notas de Alfredo López Austin y Josefina García Quintana, México, Conaculta, 2000.

Fotografías

  1. Muerto y xoloitzcuintle ofrendado papel a Mictlantecuhtli en el Códice Laud.
  2. Mictlantecuhtli en el Códice Fejervary-Mayer. Por Xjunajpù [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], from Wikimedia Commons
  3. Mictlantecuhtli en el Museo Nacional de Antropología. Por Ahache photo [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], from Wikimedia Commons