Lo que pasa es que en ocasiones muy especiales la divinidad condesciende a llevarse nuestras almas al mundo verdadero, que es goce puro…Ese mundo verdadero existe en nuestro interior. Es lo que siempre intento mostrar a través de las personas que fotografío

Kati Horna

Por primera vez en mucho tiempo, Kati Horna se sentía como en casa en un lugar desconocido. Después de escapar de su hogar, durante la Guerra Civil Española, llega exiliada a la Ciudad de México en octubre de 1939, su amigo, Chiki Weisz, pareja de la pintora Leonora Carrington, le daba la bienvenida. Durante su exilio, que más bien se trataba de un refugio, se encontraba protegida de las balas y de la persecución, en un ambiente rodeado de artistas e intelectuales de la época, como Remedios Varo, Benjamín Péret y Alejandro Jodorowsky, conviviendo de manera natural entre colegas como lo había hecho durante la época de su formación artística.

La guerra y la constante persecución no habían deteriorado su gusto ni sus ambiciones fotográficas, al contrario, con su llegada a México, su obra se transformaría.  Pronto se acostumbró a la dinámica de la ciudad, específicamente de la colonia Roma, donde ella vivía. Había encontrado su segunda casa en México, pero ahora también era la única que tenía.

Kati nació en Budapest, Hungría, en 1912, siendo la menor de tres hermanas en el seno de una familia judía y acomodada. Su padre trabajaba como banquero, acostumbrado a los buenos negocios y a la vida holgada, por lo que tuvo el privilegio de tener una infancia llena de comodidades.  A los 19 años, más por insistencia de su madre que por elección propia, se trasladó a Berlín donde comenzó sus estudios artísticos con el poeta y dramaturgo Bertolt Brecht. Posteriormente, con la inquietud creciente en las artes visuales, entra en la Bauhaus, donde adquiriría las bases técnicas de la fotografía y donde conocería las vanguardias europeas que definirían su pensamiento y su obra.

En la Alemania de aquella época el nazismo cada día adquiría más fuerza, la incertidumbre crecía entre la población, y la evidente política antisemita orillaba a que muchas familias migraran escapando de su tierra natal, o, como en el caso de Kati, que regresaran a su lugar de origen. Intimidada, o tal vez tomando su debida precaución, regresa a Budapest, donde continúa con su formación académica de la mano de Josef Pécsi, a quien consideraría su más grande maestro.

En consecuencia, el gran bagaje cultural que había conformado en diversas escuelas europeas la llevaron a impregnar en la elaboración de sus imágenes una gran variedad de recursos técnicos, entre los que se destacan: dobles exposiciones, fotomontajes, collage, recortes, entre otras. El dominio de múltiples procesos le daban una libertad creativa asombrosa. En la mayor parte de su obra utilizó la fotografía análoga a blanco y negro.

Tiempo después, en 1937, en plena Guerra Civil Española decide viajar a Barcelona y Valencia, únicamente armada de su cámara y de un profundo sentimiento anarquista. Allí conoce a José Honra, con quien se casaría en medio de la trifulca revolucionara. Él trabajaba como editor en una revista en contra del régimen por lo que ambos se ven obligados a partir de España por su seguridad, dos años después llegan a México, donde deciden instalarse definitivamente hasta su muerte.

Dentro de las múltiples facetas artísticas de Kati, destacaré en este número su participación en la revista mexicana S.NOB (1962), donde publicó una serie de fotografías que, sin saberlo, habrían de conformar con el tiempo uno de los referentes más destacados del surrealismo mexicano. En palabras de la propia fotógrafa: “fueron los años más felices de mi vida”, donde por primera vez sentía que su trabajo estaba inundado de la libertad que ella por tanto tiempo había estado buscando.

En su sección, llamada: «Fetiche», publicó una de las series visuales más brillantes y enigmáticas que se hubieran dado a conocer en la revista.  Su trabajo titulado: Necrofilia, es pieza clave en su obra. Necrofilia no es precisamente lo que el lector puede tener en mente. En el sentido literal de la palabra, la necrofilia, también reconoce en su significado una atracción hacia la muerte y todos los aspectos relacionados a ella, pero no siempre con la intervención de un amor sexual. Sin embargo, en el caso de la fotografía de Kati, no es un amor erótico el que se tiene para el difunto, pero sí es un amor corporal. Es un amor que aún se sustenta en la carne y en la presencia de lo palpable, se puede decir que es el último amor físico del fallecido. El ritual de despedida que todos conocemos, la despedida del cuerpo en los primeros minutos de la muerte. Un funeral.

Después de una juventud llena de persecuciones, destrucción y asesinatos sin sentido en un continente asediado por las guerras, para ella estar en México fue un regreso a la calma perdida que no había tenido en mucho tiempo. Por otra parte, después de tanta tragedia, había podido sentarse a reflexionar sobre lo que pasa con el cuerpo, el cuerpo muerto, cuando este no se encontraba en un campo de batalla. A pesar de todo, independientemente de dónde la muerte nos alcance, siempre habrá alguien en algún lugar llorando inconsolable la pérdida, o al menos esa es la promesa imaginaria de toda despedida.

La fotografía de la que hablo a detalle a continuación puede consultarse en: http://fotografica.mx/fotografias/fetiche-s-nob-num-1/ 

Así pues, Kati arma el siguiente cuadro en su fotografía: una habitación tímidamente iluminada por una luz brillante, tranquila y serena. En el ambiente se percibe la tibieza húmeda y preciosa de un jardín que se oculta a nuestra vista, su luz entra por la ventana con esperanzadora energía. Esta luz encuentra un escenario distinto al que promete su brillo. En la habitación hay una cama “vacía”, delimitada tenuemente a caricias por la luz con un poder escultórico. Cada borde conserva la perfecta imprecisión de la vida cotidiana. Las sábanas se transforman en mares, el colchón delata sus costuras, la madera parece hecha de roca y una vela, cuya luz en el amanecer resulta incompetente comparada con la del nuevo día. Esta vela es un símbolo de la guardia nocturna, una esperanza que vigila en la oscuridad, porque en la luz y el fuego siempre existe la promesa de la transformación.

Se trata de una escena por la que todo ser humano ha pasado. No existe nadie sobre la tierra que no haya tenido que llorar la muerte de alguien. En esta fotografía, la imagen de la mujer anónima que llora es un espacio en blanco, al igual que el difunto, para que cada uno de nosotros llenemos el blanco con nuestros propios muertos, con nuestras propias máscaras.

La tranquilidad de la máscara revela en la comisura de sus labios, una sonrisa ligera y mística, como de alguien que ha muerto con la certidumbre de morir en el momento correcto.

En las sombras, al pie de la cama, casi invisible en la oscuridad, un perro enorme y quieto monta guardia. Vigilante fiel durante la vida es ahora el vigilante del cuerpo, que es lo único que conoce, para el no hay espacio ni concepción del alma. Ese cuerpo sin vida, mientras sea cuerpo sigue siendo la vida que acompaña.

La sábana se expande como un rio, parece brotar de la cama, como si corriera por los bordes del colchón buscando su cauce. Lo encuentra y escapa sin cautela, como una cascada fugitiva.

El escenario en conjunto, con el “cuerpo” y la máscara, es el de una muerte plena. Sin embargo, la mujer que llora queda limitada, como si a ella no le hubieran contado la historia completa. Su atuendo negro, de luto, eclipsa la tranquilidad del muerto. Como si ella aún no conociera lo que él ya sabe.

Así pues, Kati nos deja visualmente una pregunta abierta: ¿Quiénes son los que sufren?¿Los que se van o los que se quedan? A esta pregunta, Kati contestaría con sus propias palabras de la siguiente manera: “Lo que pasa es que en ocasiones muy especiales la divinidad condesciende a llevarse nuestras almas al mundo verdadero, que es goce puro…Ese mundo verdadero existe en nuestro interior. Es lo que siempre intento mostrar a través de las personas que fotografío”.

Finalmente, esta es sólo una de las fotografías más emblemáticas de Kati, su aportación al surrealismo se compone de una obra que comprende décadas de trabajo. Sin embargo, esta imagen destaca porque constituye una forma narrativa nueva e insólita que sólo pocos fotógrafos en México entendían, una imagen poética y revolucionaria, a la que no le basta con sólo impresionar visualmente. Es una imagen que invita a averiguar su porqué, es un ejemplo exquisito de la composición surrealista.