Esto de ser una ciudad cosmopolita no es un hecho reciente; la colonia Roma y la CDMX misma han sido diversas culturalmente desde sus inicios

La famosa colonia Roma. Inaugurada a inicios del siglo XX bajo el régimen porfirista, es recuerdo del intento por ‘afrancesar’ al país. Punto imperdible para el turista en búsqueda de la “ciudad cosmopolita” que es esta CDMX. Aquí la vida parece como las ciudades históricas europeas: las calles anchas llenas de edificios antiguos, arquitectura selecta que resalta su carácter patrimonial, espacios públicos bien cuidados, extranjeros en pantalones cortos y muchos, muchísimos nuevos comercios “chic” de entre los que sobresalen cafeterías, restaurantes y tiendas de ropa. Claro que no toda la colonia es igual: las dinámicas de, por ejemplo, la avenida Álvaro Obregón son muy distintas a las que se viven en los alrededores de metro Chapultepec, no se diga de Romita, antiguo pueblo indio que quedó enclavado (como muchas comunidades más) dentro de la ciudad. Las diferencias se aprecian también más al sur, donde encontramos el mercado en cuestión de este artículo: Melchor Ocampo, mejor conocido como Mercado Medellín.

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La diversidad cultural es visible en muchos aspectos del día a día: nuestra alimentación, nuestro lenguaje, la ropa que vestimos, nuestras costumbres, la arquitectura, etc. Y es que nos debe quedar claro que cualquiera de las identidades que asumamos, ninguna de ellas es pura. No existen límites claros ni identidades unívocas: todo es una mezcla, un estira-y-afloja, un intercambio. Como dije antes, la diversidad es visible en muchos lugares, por ejemplo en los mercados públicos.

El mercado de Melchor Ocampo se encuentra entre las calles Campeche, Monterrey, Coahuila y Medellín (de aquí el otro nombre con el que se le conoce), en la colonia Roma Sur. Al llegar, lo primero que llama la atención es el colorido mural que plasma la diversidad de mercancías que se venden ahí. Además de lo que se comercia en cualquier mercado de la ciudad, acá se venden elementos de las cocinas colombianas, peruanas, ecuatorianas, venezolanas, cubanas y brasileñas. Es común encontrar artículos al estilo “Dónde ir” que invitan a conocer esta extravagancia; montones de entrevistas a locatarios bajo esta temática.  Pero la diversidad cultural no se limita a este elemento.

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La señora Juana Pérez llegó a vivir a la Roma cuando apenas tenía un año. Su madre, oriunda de Pachuca, comenzó atendiendo una tortillería y luego unos locales de comida al interior del Mercado Melchor Ocampo, cuando éste tenía puestos de mampostería a la Art Decó. Sonríe al recordar el “Mercado Viejo”. Lo describe a precisión, como si lo estuviera viendo ahora, setenta años después: la carnicería, la cremería, pescaderías, las cocinas. La zona de oficios como cerrajeros, zapateros. El puesto de pollos vivos, la cristalería, el puesto de telas, frutas y verduras. En la esquina de Medellín y Campeche una panadería de españoles.

La señora Juana, de 84 años, recuerda también la presencia de la comunidad judía que vivía en la Condesa. Atravesaban Insurgentes y llegaban a abastecerse en el mercado. Si ahora podemos encontrar frutos latinoamericanos como yuca o lulo, antes se encontraban berenjenas, corazón de alcachofa y pollo kosher. Cuenta el señor Alfonso, locatario del mercado, que cuando era niño y trabajaba en el puesto de verduras de su padre, ayudaba a estos clientes a llevar sus canastas grandes y llenas a sus casas. Los muchachos se peleaban por hacer esa labor, ya que las propinas eran buenas.

Dice Jaime Cuadriello [1] que hacia los años cincuenta estaban incorporadas en la colonia Roma tres migraciones de la posguerra: judíos, libaneses y españoles. Esto aunado a la imperante clase media, algunas familias sobrevivientes de la antigua élite porfiriana, pocas vecindades hacia el pueblo de la Romita, daba por resultado un complejo mosaico social. En ese entonces en el mercado se escuchaban diferentes idiomas, ya desde entonces lugar de encuentros (inter)culturales.

La población judía fue dejando la Condesa para irse a vivir más al poniente de la ciudad y el mercado resintió esa ausencia. Algunos productos cambiaron, como los habitantes y los clientes. La colonia Roma ya no es lo que fue antes. Pasó el sismo del 85, llegaron las oficinas, los nuevos edificios residenciales, los muchos restaurantes “chics” de los que hablábamos antes. “Ahora estamos como reyes” dice la señora Juana, reconociendo las buenas condiciones en las que se encuentra el mercado, el cual recientemente comenzó a ser remodelado por la Delegación Cuauhtémoc.

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Internarse en el pasado de un lugar permite comprender con mayor claridad las dinámicas del presente. Esto de ser una ciudad cosmopolita no es un hecho reciente; la colonia Roma y la CDMX misma han sido diversas culturalmente desde sus inicios. Suerte que así sea y no debemos olvidarlo. Frente a actos (de grandes mandatarios y personas de a pie) racistas y discriminatorios, es importante saber que aquello que llamamos México (con mayúsculas a propósito de septiembre, el mes patrio) está compuesto no sólo por herencia indígena (cuánta diversidad no cabe en esa palabra) y española; sino muchas otras más que se han integrado a “nuestro” territorio con el paso de los años.

Gracias a Juana Pérez, a su hija Andrea Batista y al señor Alfonso López por la confianza de contar sus memorias.

[1] Cuadriello, Jaime. «Un territorio de ensanche y tres distintas comunidades: la colonia Roma, 1950-2015» PIFFYL Patrimonio Cultural en Contextos Urbanos. 24 de febrero 2017. https://youtu.be/WYkaJL_l0BM

Foto 1: Mercado de Medellín. Por Marrovi [CC BY-SA 2.5 mx (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.5/mx/deed.en)], from Wikimedia Commons

Foto 2: Mercado de Medellín. Por Stellarc (Own work) [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons