No debemos quedarnos en la automática aceptación de la diversidad cultural, éste es tan solo el primer paso

Suelo regresar en mis artículos a las ideas de mis profesores [1], ideas que no sólo influyeron en mí como profesionista. Ésto lo hago con la intención de compartir su impacto, y cumplir así, uno de los objetivos que plantee al introducir esta sección: sacar de la esfera académica el potencial de las reflexiones que en ella tienen lugar. A la par, trato de romper la noción popular del historiador como mero memorizador de datos y contador de historias. Sea quizá éste mi medio de desahogo ante la gran cantidad de veces, y el trauma acumulado por ello, en que, inmediatamente después de presentarme como estudioso de la historia, recibo la respuesta: “Qué bonita es la historia”. A continuación abordaré una problemática cuya excesiva simplificación bien puede ser considerada producto de pensar la historia como algo lejano, inerte y “bonito”.

“México es una nación con una enorme diversidad cultural, herencia de nuestro pasado indígena, y de ella debemos sentirnos muy orgullosos” puede bien ser la frase en la que se resume el tema de la diversidad cultural en nuestro país. Aceptamos la diversidad, nos enorgullecemos de ella ante los extranjeros y, sin embargo, no nos percatamos de la otra cara de la moneda. Mientras nuestras instituciones y aparato gubernamentales aceptan y promueven la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural ante la sociedad civil, sus políticas y programas fomentan muy poco la verdadera inclusión y participación de los pueblos indígenas [2] en la vida nacional. Se acepta la diversidad cultural en el discurso pero cuando representa un freno para el desarrollo económico y la integración nacional se le deja de lado.

Esta situación encuentra su explicación en el proceso de formación de nuestro Estado nacional. México nace, hacia 1821, como una nación moderna, instauradora de una sociedad igualitaria en la que no existe más la división novohispana entre repúblicas de indios y repúblicas de españoles. Pese a que las raíces de la nación mexicana se buscaron en el pasado prehispánico, para romper con todo lo español, la adopción del modelo de Estado-nación occidental implicó la homogeneización de toda la sociedad bajo la figura del ciudadano universal y en ella la diversidad de las formas de vida indígenas no tuvo cabida. El proceso de la Reforma liberal acrecentó los ataques a la propiedad de las comunidades indígenas al buscar la eliminación de la posesión comunal de la tierra en favor del impulso de la propiedad privada individual.

Tras la participación indígena activa en las filas de la Revolución, los gobiernos posrevolucionarios experimentaron con una nueva manera de integrar a estas poblaciones a la dinámica nacional: la ideología del mestizaje. Este mestizaje fue un proyecto de cambio cultural dirigido en el que se buscó fomentar la adopción de valores occidentales que permitieran superar el atraso en el que las tradiciones mantenían atrapados a los grupos indígenas. Fue un verdadero esfuerzo de desindianización respaldado por los medios de comunicación, el sistema educativo y las ideas indigenistas académicas que, apoyadas en “bases científicas” demostraron el rezago indígena y difundieron el sentimiento de conmiseración hacia ellos -lo que nulificó su valor como actores históricos.

En la década de los setenta del siglo pasado el trabajo conjunto de investigadores críticos del indigenismo con distintos grupos indígenas, que habían resistido la desindianización, desembocó en la organización de congresos en donde se declaró la autogestión de los pueblos indígenas. En 1994 el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional significó la apertura de una nueva vía para la defensa de los intereses de las poblaciones indígenas, frente a los despojos orquestados por el gobierno mexicano y las empresas transnacionales en la era globalizada. Los zapatistas evidenciaron ante la opinión pública la amplia y profunda dimensión política del problema indígena: durante siglos habían carecido de reconocimiento como actores políticos e históricos quedando subordinados e invisiblizados por distintos proyectos estatales.

Dicho todo lo anterior resta decir que no debemos quedarnos en la automática aceptación de la diversidad cultural, éste es tan solo el primer paso. Es necesario que cobremos conciencia de la dimensión política que engloba el tema, para así poder empezar, como sociedad civil, a argumentar y actuar en consecuencia. Centrarnos en exceso en defender la identidad nacional mexicana nos puede llevar a olvidar la existencia de las otras identidades que también existen en este territorio. Alteridades que han sido objeto de subordinación, marginación y erradicación. En la diversidad se encuentran otras formas de comprender la realidad y de modificarla, acabar con ella es acabar con la más grande riqueza que el género humano posee.

Quizá algún día podamos discutir seriamente en torno al establecimiento de un Estado, ya no nacional, sino plurinacional en donde los pueblos indígenas, y otras formas culturales, mantengan el estatus de entidades autónomas en igualdad con las que actualmente conforman al país. Mientras tanto, en un presente en el que un Concejo Indígena de Gobierno mantiene el lema “Nunca más un México sin nosotros”[3] queda todavía mucho por pensar y hacer, más allá de limitarnos a decir «qué bonita es la historia».

[1] En este caso me baso en algunas de las reflexiones de la parte final del curso “Descubrimiento y conquista de América II” y de su bibliografía complementaria. Berenice Alcántara Rojas, “Descubrimiento y conquista de América II” (asignatura de la licenciatura en Historia, UNAM), febrero a junio de 2015. Miguel Alberto Bartolomé, Gente de costumbres y gente de razón. Las identidades étnicas en México, México, Instituto Nacional Indigenista, 1997.

[2] Pese a que en esta ocasión me limito a hablar de pueblos indígenas, es importante aclarar que la diversidad cultural, y sus retos, no queda reducida a ellos.

[3] Declaración del V Congreso Nacional Indígenahttps://www.congresonacionalindigena.org/2017/03/27/declaracion-del-v-congreso-nacional-indigena/

Foto 1: Conchero en Ixcateopan de Cuauhtémoc. Por Claudio Giovenzana (Claudio Giovenzana www.longwalk.it) [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0) or GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html)], via Wikimedia Commons. Personal site: http://www.longwalk.it

Foto 2: Anuncio del CNI. Congreso Nacional Indígena. Concejo Indígena de Gobierno, 2017