El individualismo moderno no nació del pensar “en” uno mismo, sino del pensar “por” uno mismo

¿Cuál es el perfil del individualista contemporáneo? Seguro que todos identificamos a esa persona que publica varias veces al día, en las redes sociales, selfies de todas sus actividades. A ese personaje tan obsesionado con sus gadgets que las personas y el paisaje que le rodean le son totalmente indiferentes. A quien el poco tiempo que se lo ve conversando lo ocupa en explicar la valía y unicidad de su persona. Podríamos ver en personalidades como ésta el bosquejo general del perfil del hombre del siglo XXI, e inclusive, llevando esto al extremo, llegar a creer que este individualismo es tan solo la más reciente versión del perfil egoísta de la naturaleza humana. Naturaleza que podría pensarse, siempre ha sido así. Es mi intención argumentar brevemente lo contrario al mostrar en retrospectiva algunas transformaciones sufridas por el individualismo.

El término “individualismo” abarca todas las formas de pensamiento cuyo núcleo reside en el individuo y en el desarrollo de sus capacidades, pero las nociones de “individuo” y de sus «capacidades” no han sido siempre las mismas. En nuestra época lo que se ha gestado es un tipo de individualismo apático, atravesado por el consumismo masificado y voraz, por la derrota de las grandes revoluciones del siglo pasado, y por la expansión del mundo digital. Predomina un individualismo extremo, un egocentrismo en el que a los individuos lo único que parece preocuparles es vivir para sí mismos; ni las tradiciones, ni la posteridad, ni el sentido histórico, ni los valores colectivos ni las instituciones sociales parecen ya tener una importancia propia. No existen ya empresas por las que la vida merezca ser sacrificada (sólo importa pensar en uno mismo), los grandes objetivos fueron erradicados, lo que pervive es una suerte de indiferencia ante todo aquello que no represente un bienestar inmediato y personal. Este individualismo surge en un contexto de desesperanza ante el futuro, de decepción hacia las grandes ideologías, de desesperación existencial atenuada por el consumo de objetos materiales.

Retrocedamos unos cuantos siglos. Encontraremos que en los orígenes de los sistemas democráticos modernos y del capitalismo industrial había un tipo diferente de individualismo. En los siglos XVII y XVIII, pensadores, hoy en día vinculados al liberalismo, buscaron reducir el poder que los monarcas absolutistas y sus ministros ejercían sobre la vida pública y privada. A través de las letras buscaron defender a capa y espada la capacidad moral y política de los hombres, demostrar que todos, sin distinción, poseían raciocinio, libertad y voluntad propias; que cada hombre es el único propietario de su persona. Una de las ideas centrales de estos teóricos era que para asegurar la libertad e igualdad humana, inexistente en la naturaleza, era necesario instaurar una forma de gobierno emanada de las voluntades individuales de los miembros de la sociedad. La sociedad sería en adelante concebida como la aglomeración de individualidades y la función del Estado quedaría reducida a proteger, ante posibles amenazas, la autonomía y la vida de los individuos. A la par, en materia económica se sostenía que el individualismo era necesario para generar una regulación de la producción y de los precios, y que sólo la iniciativa y el interés individuales serían capaces de satisfacer de manera efectiva las necesidades de la sociedad. Lo único que debía regular el mercado eran sus propias leyes naturales y ninguna autoridad política debía intervenir en la competencia entre individuos. Estas nociones de individualismo nacen del examen racional de la tradición, de la iniciativa de construir un mundo más justo y libre para los hombres en el que el progreso dependa de las capacidades y del esfuerzo que cada quien demuestre.

Yendo aún más atrás nos encontramos con otro tipo de individualismo. El control de la Iglesia católica sobre el pensamiento europeo disminuye significativamente hacia los siglos XV y XVI. Los pensadores humanistas italianos retornan a los clásicos antiguos y se topan con formas de entender el mundo que ponen el acento en la vida terrenal en lugar de en el más allá, en las capacidades humanas y no en la voluntad divina. A partir de la actualización de esas ideas comenzaron a cultivar la virtud, considerándola algo personal que sólo era alcanzable a través del propio esfuerzo y que no tenía ninguna relación con la posición con la que se nacía. A través del estudio buscaban ejercitar el propio raciocinio para alcanzar así la dignidad. La vida era disfrutada en la experiencia individual que cada quien tenía de ella en la tierra, la preocupación comenzó a girar en torno a cumplir la felicidad y la plenitud antes de morir. La educación buscaba no sólo la plenitud de los individuos, sino la formación de buenos ciudadanos, individuos íntegros que participaran con naturalidad en los asuntos que a todos incumbían. Este individualismo nace del contacto con las ideas de pensadores antiguos que por un largo tiempo habían quedado, por distintos motivos, fuera del alcance de los sectores no eclesiásticos. A través de ellos se volteó a ver a la vida, al mundo y al propio juicio con ojos curiosos y emocionados.

Que este superficial recorrido por la historia moderna del individualismo occidental baste para demostrar que la apatía del individualismo actual no lleva a ningún lado. Formamos parte de una comunidad que va más allá de los seres humanos que nos son actuales, tenemos lugar en el acontecer de la historia, y al cobrar conciencia de ello, nos reconectamos ya de entrada con lo que fue, con lo que es y con lo que puede ser. Tengamos en mente que el individualismo moderno -todos los individualismo mencionados en este artículo son modernos en estricto sentido- no nació del pensar “en” uno mismo, sino del pensar “por” uno mismo

Referencias

Herrera Mena, Sajid A., «El individualismo liberal», en Realidad, no. 48, noviembre-diciembre, 1995.

Lipovetsky, Gilles, La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo, 6ta edición, Barcelona, Anagrama, 1993.

Watson, Peter, «La llegada de lo secular: capitalismo, humanismo, individualismo», en Ideas. Una historia intelectual de la humanidad, Barcelona, Crítica, 2006.

Imagen 1: Giuseppe Bertini, Galileo Galilei le muestra al duque de Venecia cómo usar el telescopio, 1858.

Imagen 2: Caspar Friedrich David, El caminante ante el mar de niebla, 1817.