El agua potable no debería ser un derecho sólo para quien la pueda pagar, sino para quien la sepa cuidar

Podemos analizar por enésima vez la delicada situación del agua en México, pero ¿podemos hablar de una acción conjunta para revertir esta situación? El agua es fuente de vida y es necesaria para la subsistencia digna de una sociedad. Es de nuestro pleno conocimiento que un ser humano no puede sobrevivir más de una semana sin agua, y, a pesar de ello, seguimos ignorando nuestra crítica situación. Todos conocemos su importancia social, pero ¿necesitamos de una tragedia para actuar? Se han propuesto muchísimas alternativas para el cuidado de este insustituible recurso, y aún así el tema sigue tener la debida atención. Todo parece indicar que esta cuestión no mejorará hasta que afecte de manera grave, y tal vez irreversible, a todos los miembros de nuestra colectividad.

Tomarte un buen desayuno, bañarte, vestirte, trasladarte y hacer limpieza son actos tan naturales en nuestra vida cotidiana que no reflexionamos sobre la cantidad de agua que invertimos en estas actividades. Absolutamente todas las cosas que nos rodean requieren un consumo de agua para su elaboración, desde un vaso de leche hasta un pantalón de mezclilla, que representan un consumo de 200 y 11.000 litros de agua, respectivamente. Muy poco se informa sobre esto, en comparación con otros conflictos sociales, y por ello son menos impactantes tanto la labor de concientización como las medidas implementadas para combatir su despilfarro.. Nos imaginamos poco probable -de hecho casi imposible- un futuro sin agua. O por lo menos imaginamos que dicho horizonte se encuentra muy lejos y por tanto nos resultan poco urgentes las acciones en contra de esta problemática.

En cuanto a su distribución, en todo el país el 77% del total del agua se utiliza para la agricultura y ganadería, 14% se utiliza en la ciudad, y 9% en la industria. Esto sin considerar que no toda el agua potable distribuida a nivel nacional satisface los estándares de calidad más básicos. No solamente es necesario hacer conciencia sobre este dilema, sino actuar colectivamente, ya que todos usamos agua. Es fundamental que, tanto el sector público como el privado se interesen verdaderamente por este asunto, y,  partiendo de ahí, aporten al cambio.

Pero, ¿por qué no hacemos nada todavía? El problema se debe a que a gran parte de la población no nos ha afectado directa, ni severamente, la falta de agua. ¿Por qué no nos ha afectado directa y/o severamente? En mi opinión, esta respuesta es el punto clave. Aunque el suministro y consumo de agua potable no se haya convertido en un derecho fundamental, su cobertura nacional es considerablemente extensa. En todo el territorio la cobertura de agua potable para la población es del 91.6%. En las zonas urbanas su cobertura es del 95.4% y en zonas rurales es del 78.8%. El agua parece ser un derecho para todas las personas que lo puedan pagar, pero el agua potable es un recurso agotable, y por tanto no debería ser considerado como todos los demás derechos humanos. Si se sigue repartiendo para toda la población desmesuradamente, como se ha venido haciendo, difícilmente se podrá tomar acción. El agua potable no debería ser un derecho sólo para quien la pueda pagar, sino para quien la sepa cuidar. Actualmente el agua se “regala” a cualquier particular que la pueda pagar. Es relativamente accesible económicamente y no se considera si se le da un buen uso o no. Muchos habitantes de zonas rurales no tienen acceso al agua potable por la dificultad financiera o técnica que representa su abastecimiento, ello no significa que tengan “menor derecho” al abastecimiento. Un correcto uso debe estar por encima de un posible uso. Sigue habiendo gente sin agua, y por ende, sin un derecho humano. ¿Es esto justo para las personas que jamás han disfrutado un pleno derecho al agua, o para las personas que jamás lo gozarán?

En México el problema del agua es una realidad que necesitó de mucha ignorancia y desinterés. Claros ejemplos de mala administración del agua se pueden observar en la Ciudad de México: se desperdicia  casi el 40 % del agua que llega, el promedio de consumo diario de agua por habitante es de 320 litros de agua, rebasando por mucho el recomendado por la ONU (50-100 litros diarios), y  es descaradamente inequitativa la repartición del recurso vital, alcanzando los 500 litros diarios utilizados por persona en Tlalpan, siendo que hay regiones que “sobreviven” con 20 litros diarios”. La costumbre del “ver para creer” nos ha traído pésimas consecuencias y poco a poco la escasez de agua podría provocar resultados devastadores para la humanidad.

Existen muchas situaciones cotidianas entre particulares que no pueden ser reguladas por ellos mismos. Necesitan de un control social por parte de una autoridad que también forma parte de una comunidad.  Dicho control en la actualidad no va de la mano con la efectividad, y personalmente opino que el suministro del agua debería presenciar un cambio -para llegar a resultados distintos, hay que utilizar caminos distintos-. Un cambio que beneficie a las personas que le dan un buen uso al agua y perjudique a las que no lo hagan. Un conjunto de responsabilidades y falta de las mismas son las que nos han llevado a estos resultados indeseables. Solamente en grupo podemos dirigirnos a un mejor camino.

En mi opinión, es necesario un contundente mensaje o una medida preventiva para la conservación del agua, no solamente a nivel nacional, sino internacional. Un mensaje claro y persistente, fortalecido con acciones en conjunto, será la corrección más práctica. La ejecución de acciones individuales encaminadas al cuidado del agua, que ya todos sabemos “de memoria”, que están a nuestro alcance, pero con la vigilancia de una comisión ya sea ciudadana o gubernamental con autoridad suficiente para limitar el abastecimiento en casos de uso no adecuado.