La mélancolie est un crépuscule.

La souffrance s’y fond dans une sombre joie.

La mélancolie, c’est le bonheur d’être triste.

Víctor Hugo

Alguna vez  escribió Víctor Hugo que la melancolía es la alegría de estar triste. Si bien este concepto a través del tiempo ha tenido acepciones ligadas a una enfermedad, la breve definición que hace este escritor francés nos invita a experimentar la melancolía desde una concepción positiva. Detenernos ante ella sin miedo; contemplarla y caminarla…

De un tiempo para acá, tomar conciencia del espacio que habitamos, especialmente en las ciudades, es una tendencia. Una de esas propuestas subraya la dimensión emocional. Imaginemos que llevamos una bitácora de cómo nos sentimos en cada uno de los sitios en los que permanecemos y/o transitamos durante un día. Si pudiéramos sistematizar los resultados de muchas bitácoras y mostrarlos en un mapa, seguramente encontraríamos datos diversos: el parque que para mí es un lugar de felicidad porque ahí aprendí a andar en bici, a otro podría causarle nostalgia pues fue ahí donde le rompieron el corazón. ¿Sería posible que encontráramos coincidencias?, ¿espacios que nos provoquen colectivamente miedo, alegría, enojo?

En esta ocasión la sección especial “Los +” estará a cargo de Pata de Perro. Desde mis ojos y andares hablaré de 3 espacios melancólicos. Los considero así por cuestiones personales, históricas o de memoria colectiva. Esta es una invitación para que usted, apreciado(a) lector(a), nos comparta si coincide con este conteo y luego se aventure también a identificar en qué lugar de la ciudad habita la melancolía.

3. Balderas

Cuando pienso en Balderas vienen a mi mente muchas imágenes: los fatídicos asesinatos en el andén del metro (línea verde) un 18 de septiembre del 2009, las canciones de Rockdrigo y del TRI –Fue en la estación del metro Balderas /donde quedó la huella de nuestro amor/ allá en la estación del metro Balderas/ allí quedo embarrado mi corazón-, los días de estudio en la Biblioteca México, la Decena Trágica y el baile de la plaza de la Ciudadela. No se piense que dichas imágenes transitan por mi mente una por una; se entrelazan para lograr un solo sentir.

Mis papás se conocieron cuando estudiaban en la vocacional 5, esa que está frente a la Ciudadela. Ya desde esos tiempos mi vida está ligada al lugar en cuestión. Cuando éramos pequeñas mi mamá nos llevaba a mi hermana y a mí a caminar por esas calles. Quien no las conoce debe saber que no son limpias ni seguras; son… ¿cómo decirlo? como perdidas en el tiempo. Viejas, grises, desordenadas, melancólicas. A veces entrábamos a la biblioteca (antes de que la arreglaran y fuera escenario de eventos presidenciales) y a veces nos quedábamos afuera para ver a la gente bailar.  Danzón, salsa, huaracha.Todavía hoy, cuando me animo a volver a Balderas, me siento en alguna banca libre para  mirar el baile, que, aunque sea festivo y alegre, conserva esa aura de nostalgia y decadencia. Es como si todo estuviera cubierto por el polvo del tiempo. Un mundo alterno (sábado en la noche, cuando se acaba el danzón y comienza la cumbia, la cerveza y los monstruos urbanos salen de sus cuevas para disfrutar) que produce fascinación pero también un sentimiento de soledad.

Google Maps: https://goo.gl/maps/Sj6omXSHFLQ2

 

2. Calzada de Tlalpan

Imagino que algunas calles deben estar cansadas. Cansadas de presenciar marchas, muertes, acontecimientos históricos y cotidianos por igual… pero sobre todo por ser transitadas. Sea a pie, en carro, bici, micro, metro, metrobús, trolebús, tranvía eléctrico, tranvía de mulitas, carretas o ferrocarril, hay calles que en toda su existencia han permanecido en constante tránsito. Tlalpan debe ser una de ellas.

La Calzada de Tlalpan es una de las calles más viejas de la ciudad; basta recordar que su origen se remonta a épocas prehispánicas. La conexión del islote de Tenochtitlan con el sur, hoy es arteria vital para el funcionamiento de la ciudad. ¿Quién no la ha transitado? Amplia y de doble sentido, lleva a la mitad las vías del metro. Desde Pino Suárez hasta Taxqueña, el protagonista del paisaje es el tren naranja a toda velocidad (menos cuando llueve y se atrofia). Más al sur continúa el tren ligero; recuerdo del tranvía que antaño recorrió esta avenida.

Del centro al sur. Seis de la mañana, abordo el metro en Chabacano con dirección a Taxqueña. Tengo los ojos entrecerrados y me arden por el sueño que me cargo. No quiero, no quiero, no quiero ir a clases. Se cierran las puertas. Avanza. Pego mi nariz a la ventana y miro como poco a poco va amaneciendo. El sol se asoma entre las construcciones que se ubican al oriente: marca sus contornos. Por un momento parecen fantasmas que despiertan después de una tranquila pesadilla. Casas viejas, despintadas. Algunas deshabitadas, otras hacinadas. Me siento triste y trato de distraer el sentimiento imaginando en qué parte de esa avenida me gustaría estar, en lugar de ir camino a clase de física. Será en esa panadería, será en ese puesto de periódicos, será en ese gym.

Del sur al centro. Once de la noche. Espero en el Estadio Azteca un camión morado, de esos que vienen desde Xochimilco y llegan al centro en un santiamén. Tarda un poco en pasar. Se divisa en la lejanía. Abre la puerta, y subo. Pocas personas, tomo asiento y arranca. Despedimos Santa Úrsula Coapa a prisa. Pueblos  de antaño que hoy no son más que memoria. Seguimos. El alcohol que llevo en mis venas me hace percibir difusas las luces de las farolas. Los hoteles brillan en la oscuridad. En las esquinas, mujeres entalladas, hombres maquillados: la noche apenas empieza. Suena en el radio una canción de la Quinta Estación. La canto desde lo más profundo de mi tristeza. Qué pena haber dejado al amor en el sur… pero es preciso volver a casa.

Google Maps: https://goo.gl/maps/bdZxk4s74B72

 

1. Templo Mayor

Si un lugar de la ciudad  me parece melancólico, son las ruinas del Templo Mayor. Comencemos con eso; se trata de ruinas. Pasado extinto, destruido y enterrado. Desde niños en la escuela nos mandan al museo de sitio para imaginar cómo era Tenochtitlan. Nos explican las piedras, las cerámicas, los huesos y miramos en una maqueta la gran ciudad que comenzó con el águila posada en un nopal devorando una serpiente y terminó con una matanza. Nos dolemos por la violencia con la que los españoles acabaron con esa civilización, más que por empatía, porque nos educaron para encontrar en ese relato el origen perdido de nuestra caótica sociedad.

El ombligo de la luna. El inicio y fin de esto que nos han hecho creer que somos. Hijos de quiénes, de aquella sangre medio borrada, medio enaltecida que duerme debajo de los edificios barrocos. Pasado mítico. Hijos de quiénes, de esta lengua con la que te hablo, con la que estructuro y nombro el mundo… venida del otro lado del mar.

Lo mágico del Templo Mayor es que en él confluyen ambas herencias. Él mismo es una herida en el espacio. Donde se miran las rotas pirámides se levantaron hasta los años setentas del siglo pasado, algunas casonas del siglo XVI. Fueron derrumbadas, claro, porque en ese momento importaba más lo que había debajo de ellas. No pensaron que, después de un tiempo, el que las ruinas estén a la intemperie sería la causa de su acelerado deterioro.

Dolor prehispánico, destrucción novohispana. El nacionalismo de la educación pública nos enseñó a llorar nuestro pasado indio y así lo hacemos. Mientras, a un costado, suenan las viejas campanas de la Catedral Metropolitana.

GoogleMaps: https://goo.gl/maps/1gyd3w3hxAH2

Fotografía 2: «Estación Metro Balderas»

Fotografía 3: «Calzada de Tlalpan» por Daniel Manrique (Roadmaster) (English Wikipedia) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/)], via Wikimedia Commons

Fotografía 4: «Templo Mayor» por Lobato62 [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], from Wikimedia Commons

Mapa de la melancolía: Montserrat Villa