El 9 de febrero del 2015, el fotógrafo y director de videos musicales, David LaChapelle, subió a su canal de YouTube un video que creó para la canción Take me to Church, del cantante irlandés Hozier, protagonizado por el bailarín ucraniano, Sergei Polunin. Dicho vídeo, no muestra mucho más que al joven bailarín, de entonces 25 años, ejecutando una dramática coreografía que combina el ballet clásico con algunos pasos de estilo contemporáneo.

Quizás haya sido por la impactante altura que alcanzan los saltos de Polunin, por la velocidad de sus giros por tierra y aire, por su impecable técnica clásica, combinada con la soltura y el dramatismo de la coreografía,  por el llamativo cuerpo del ucraniano: esbelto, musculoso y ¡con decenas de tatuajes!, o por la suma de todas esas cosas, que el vídeo se volvió viral, alcanzando rápidamente 15 millones de visitas; fue aclamado por la prensa, compartido en todas las redes sociales, incluso por personas que nunca antes se habían sentido interesadas por el ballet, y se habló de él durante meses.

Sin embargo, sólo la minoría de las personas que se vieron impactadas o conmovidas por este video, conoce la historia detrás de él. Sergei cuenta que la grabación duró aproximadamente 9 horas, durante las cuáles, él estuvo llorando en silencio, pues se suponía que ese sería su último baile. Había decidido retirarse del mundo del ballet, y para la creación de su coreografía de despedida pidió la ayuda de su mejor amigo, el coreógrafo y bailarín, Jade Hale-Christofi. Contrario a lo que naturalmente podría pensarse, esta coreografía no ilustra la historia narrada por la emotiva canción de Hozier, sino la historia del propio Sergei.

Con la recurrente imagen de un hombre que, al saltar muy alto o al estirar sus brazos, está a punto de tocar el cielo, y de pronto cae al suelo, rasga su cuerpo, se toma la cabeza con desesperación, se arrastra con agotamiento, se levanta, vuelve a volar, y nuevamente cae; Hale-Christofi intentó hacer que la coreografía de Take me to Church ayudara a los fans de Polunin a entender su decisión de dejar de bailar, mostrándoles la historia de su vida, una vida que, desde sus primeros años, se ha debatido entre la gloria y la melancolía.

Sergei Polunin nació en noviembre de 1989, en una zona pobre de Jersón, Ucrania. Se dedicó con gran entusiasmo a la gimnasia desde muy pequeño; a los seis años ya peleaba por los primeros lugares en las competencias locales. Un par de años más tarde, su entrenador decidió canalizarlo hacia el ballet, en el cual el pequeño Sergei se propuso ser el mejor. Pese a la pobreza que vivió, el joven ucraniano recuerda su infancia como una etapa feliz.

La madre de Sergei, Galina Polunina, sabía que, en Jersón, a éste le esperaba un futuro poco prometedor, y que el primer paso para brindarle la oportunidad de explotar su talento, era enviarlo al Instituto Coreográfico Estatal de Kiev, la mejor escuela de danza de Ucrania. Para poder pagar los estudios de Sergei en dicha escuela, cuando éste tenía nueve años, su familia tuvo que tomar una decisión drástica: su padre, Vladimir Polunin se fue a trabajar a Portugal, y la abuela a Grecia. Ambos enviaban las ganancias a Kiev, donde Sergei vivía ahora únicamente en compañía de su madre, y recibía una educación más intensa y demandante. “Creo que ahí fue donde se acabó la diversión”, declara Sergei en una escena de su documental biográfico, Dancer.

Por su talento y dedicación, ahora motivada por la presión que implicaba para el pequeño bailarín que su familia hubiera tenido que repartirse por el mundo para pagar su educación, éste no tardó en destacar en Kiev: en su primer año en el Instituto ganó el segundo lugar en la Competencia Nacional de Ballet. Su madre entonces decidió que el siguiente paso para Sergei era hacer una audición para la Escuela de Ballet Real, en Londres. En 2003, viajaron juntos a Inglaterra, y tras varios días de suspenso y espera posteriores a la audición, Sergei recibió su carta de aceptación.

Pero la alegría fue efímera. Se presentaron complicaciones con la visa de Galina, y ésta se vio obligada a irse de Inglaterra, dejando a Sergei -quien desconocía totalmente el idioma inglés-estudiando ahí. Pese a encontrarse ahora solo en un país ajeno, el adolescente ucraniano no se dio por vencido, sino que incrementó sus esfuerzos. Comenzó a tomar el doble de las clases que correspondían y a quedarse practicando en los salones hasta que cerraban la escuela, porque sabía que, si triunfaba en el ballet, tendría la oportunidad de volver a reunir a su familia.

Sin embargo, aún sus más grandes y mejor intencionados esfuerzos, como los de cualquier niño, no podían ser suficientes para reparar y evitar situaciones del mundo adulto. “Al estar lejos, se pierde la familiaridad con el otro”, asegura con tristeza Vladimir Polunin en Dancer. Su matrimonio con Galina no sobrevivió a los años de lejanía, y en 2004 decidieron divorciarse. Sergei llevaba apenas un año en Londres, cuando su madre le dio la noticia por teléfono; “Estaba tan triste que dije: Nunca más volveré a estar triste, y nunca más sentiré pena por nadie… nunca más extrañaré a nadie, y no quiero tener recuerdos de nada. Esa fue la última vez que lloré en años”, cuenta el bailarín.

Desde el origen griego del término “melancolía” (μελαγχολια), y a lo largo de la historia, distintas escuelas y tradiciones han intentado explicar cuál es la causa del síndrome melancólico. La respuesta ofrecida por los padres de la Iglesia, en la Edad Media y la que Freud planteó en su texto de 1917, Duelo y melancolía, coinciden en que, para ambas, el punto de partida del mecanismo de la melancolía es la pérdida de un objeto amado, aun si, como sucede en ocasiones, el sujeto melancólico no sabe con exactitud qué es lo que perdió, o incluso si no perdió nada realmente, pero tiene la sensación de haber sufrido una pérdida.

En ese sentido, podemos señalar la posible pertinencia de las observaciones que uno de los mejores amigos de Sergei expresa en Dancer, a propósito del estilo de vida que éste adoptó tras la separación: “Después del divorcio de sus padres, la motivación de Sergei cambió, y él se preguntó: <<¿Por qué motivo bailo?, ¿por qué motivo me esfuerzo tanto?>> Creo que cuando tienes una meta, y no hay ninguna razón detrás de esa meta, las cosas terminan mal para cualquiera”.

Sergei había perdido su hogar, su familia -en la manera en la que él la quería: unida, y había perdido, también, su razón para bailar. Su talento, sin embargo, nunca lo abandonó: Al poco tiempo de su ingreso a la Escuela de Ballet Real, sus profesores decidieron adelantarlo 3 niveles, porque “era demasiado bueno”. A los 16 años ganó la prestigiosa competencia de ballet, Prix de Lausanne. Un año después, se convirtió en miembro de la compañía del Ballet Real, y un año más tarde fue promovido al rango de Primer Solista, porque, una vez más, “era demasiado bueno” para estar en el cuerpo de baile. Pasó un año más, y en junio del 2009, a sus 19 años, se convirtió el Bailarín Principal más joven en la historia de la compañía.

Mientras su carrera ascendía velozmente hacia la gloria, la melancolía y sus demonios le creaban lentamente la reputación por la que más tarde sería mundialmente conocido: “el chico malo del ballet”. Su nombre siempre aparecía en las noticias seguido de palabras como “fiestas”, “antros”, “alcohol”, “tatuajes” y “cocaína”. No se presentaba a los ensayos, y bailaba bajo el influjo de drogas (lo cual no le impedía ofrecer presentaciones extraordinariamente buenas). La gente que se preocupaba por él se daba cuenta de algo: “le faltaba su familia”.

El mayor escándalo tuvo lugar el 24 de enero del 2012. Un día completamente ordinario, después de tener un mal ensayo por la mañana, Sergei de pronto decidió renunciar a la compañía, declarando que la vida en ésta era demasiado restrictiva, y que ya estaba aburrido. Después de eso, intentó ir a bailar a Estados Unidos, pero nadie quería trabajar con él porque sabían que era demasiado impredecible. Así que tuvo que ir a Rusia, donde conoció al famoso bailarín ruso Igor Zelensky, quien le aconsejó unirse a la Compañía del Teatro Stanislavski, en Moscú, como artista invitado.

Durante dos años, Sergei tuvo una buena relación con la compañía y con Zelensky, quien se convirtió en una figura paterna para él. Pero después de ese periodo comenzó a sentir el mismo tedio que sentía en el Ballet Real, y fue entonces cuando, desesperado, tomó la decisión que le hizo acudir a su amigo Jade para el proyecto de su último baile.

Hasta ese momento, Sergei había estado tan enojado por la separación de su familia, que jamás había permitido que asistieran a verlo bailar con las compañías. Sus padres habían sacrificado todo por impulsar la carrera de uno de los mejores bailarines de ballet de todos los tiempos, y él los castigaba privándolos de ver las cosas extraordinarias era capaz de hacer en el escenario.

El video Take me to Church, y David LaChapelle cambiaron la vida del “chico malo del ballet”. Tras el éxito del video en Internet, algunos padres comenzaron a subir a YouTube y redes sociales, videos de sus hijos pequeños intentando imitar el baile de Sergei, y preguntando si él era real, y si algún día podrían ser como él y saltar tan alto como él. Esto motivó al ucraniano quien, por otro lado, al trabajar con LaChapelle, se sintió profundamente inspirado por la creatividad de éste, y recobró su pasión por la danza, al sentirse nuevamente como un artista capaz de crear cosas.

Afortunadamente, Sergei desistió de su decisión de abandonar el ballet, y poco tiempo después aceptó una invitación para bailar en un evento, al que, por primera vez, invitó a su familia a verlo bailar; “creo que estoy donde estoy por un esfuerzo conjunto. Y no sé por qué, pero, por alguna razón, ahora se siente bien compartirlo con ellos”.

Al final, felizmente, este melancólico bailarín pudo recuperar sus objetos de amor perdidos: la motivación para bailar, y su familia, a la que, en realidad, nunca perdió. Y nosotros podemos confiar en que el impresionante video de Take me to Church es sólo una de las muchas obras de arte con las que este prodigio deleitará al mundo y saturará las redes sociales.

Referencias

Agamben, Giorgio. Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia: Pre-Textos, 1995.

BUILD Series. “Sergei Polunin And Director Steven Cantor Discuss Their New Documentary, “Dancer” | BUILD Series.” YouTube. YouTube, LLC, 16 septiembre 2016. Web. 8 junio 2017. < https://www.youtube.com/watch?v=NbIioFdE7Ak>.

Dancer. Dir. Steven Cantor. Perf. Sergei Polunin, Jade Hale-Christofi. BBC Films, Magnolia Mae Films, Stick Figure Productions, 2016. DVD.

LaChapelle, David. “Sergei Polunin, Take me to Church by Hozier, Directed by David LaChapelle.” YouTube. YouTube, LLC, 9 febrero 2015. Web. 8 junio 2017.

Fotografía 1: «El escultor Richard MacDonald modelando en barro con el bailarín Sergei Polunin» por Richard MacDonald (Richard MacDonald Studio) [CC BY 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/3.0)], via Wikimedia Commons

Fotografía 2: «Royal Opera House y ballerina» por Russ London at English Wikipedia [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0) or GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html)], from Wikimedia Commons

Fotografía 3: «Teatro de Arte de Moscú Chéjov» por A.Savin (Wikimedia Commons · WikiPhotoSpace) [FAL], from Wikimedia Commons